Minería romana en Ancares: Las Medulas de los Carrascos

A la sombra de las Médulas de Carracedo, las Médulas de los Carrascos en el valle del Valcarcel ocuparon una extensión de 150 Hc. Posiblemente anterior a las Médulas de Carracedo, quedan de esta parte de la Red de canales que fueron usados para el lavado de los materiales

Hace algún tiempo y con la intención de encontrar pistas a la posible ubicación de la mansión romana de Útaris. Mansión que, según algunos eruditos, se cree que se encuentra bajo las ruinas de la fortaleza de Santa Maria de Autares en el valle del Valcárcel. Encontramos en los mapas topográficos de la comarca, y no muy apartadas del trazado que seguía la vía romana, anomalías sobre el terreno que no podían ser de origen natural.

Ocupando una superficie superior a 150Hc, en dicha imagen se pueden observar los desgarros que confirman las líneas de nivel del mapa topográfico y la orografía del mapa del mapa de relieve.

Las anomalías estructurales en la topografía de la sierra, que rompían los patrones de regularidad geológica de la misma, mostraban una discontinuidad de la geomorfología natural del terreno. Tales desgarros nos llevaron a pensar que bien podrían haber sido provocadas por la mano del hombre. Tras observar dichas anomalías en las líneas de nivel, la observación de las ortofotos no dejaban duda. Dicha anomalía, que se encuentra en la llamada la Sierra del Caldeirón perteneciente al ayuntamiento de Trabadelo, dejaba claro de que allí había habido una mina a cielo abierto y de un tamaño considerablemente grande.

El área, remarcada en azul, señala el lugar ocupado por dicha mina romana en la Sierra del Caldeirón en Trabadelo. El área afectada de dicha sierra se localiza en la cuadrícula de coordenadas: 42°39’18.17” N 6°50’40.70″ O

Ocupando una superficie superior a 150Hc, dicha mina tuvo que tener una importante relevancia en el valle del Valcárcel y en las comarcas ancaresas limítrofes hoy, parte de ellas, de la provincia de León. La única información relevante sobre este lugar lo encontramos tiempo después en la página del ayuntamiento de Trabadelo en donde, esta mina, es llamada las Médulas de los Carrascos. Próxima al pueblo de Pradela, en dicho lugar, se puede apreciar el curso de diversos canales por los que se transportaba el agua hasta el frente de la mina, así como la cueva romana de La Rigueiriña.

En el siguiente mapa, se expone una representación teórica de las líneas de nivel que podrían responder al patrón natural de la sierra en una época anterior a los procesos mineros que sobre ella se llevaron a cabo. El área sobre la que tuvieron lugar los procesos de movimiento de tierras, se corresponde con la superficie sombreada en negro

Desgraciadamente, la grandeza de unos ensombrece la importancia de otros. Tal es el caso de esta antigua mina romana, que pasa por ser una desconocida para el resto a la sombra de las populares Médulas de Carracedo. Próxima a la la Vía XIX y al camino de Santiago, pocos son los que se paran en visitar un yacimiento minero que, en su época de esplendor, pudo tener tanta importancia como cualquiera de sus hermanas mayores.

En el siguiente mapa de relieve, se pueden apreciar con claridad diferentes áreas de sedimentación generadas por el arrastre de tierras desde la cuenca en donde tuvo lugar la excavación, remarcada en azul. Siendo las zonas sombreadas en color rosado fuerte las áreas de sedimentación de materiales pesados y las de rosado claro las de la sedimentación de las partículas ligeras.

Fauna y Flora: “Palitroque (Digitalis Purpurea)”

Planta originaria de Europa y norte de África, esta planta se suele encuentra normalmente las zonas montañosas y en lugares de estas como  los claros de bosques, los márgenes de caminos, taludes, terraplenes y, en general, en terrenos húmedos y ricos en silicio.

Digitalis purpurea o palitroque en Ancares, es una especie de planta herbácea bienal de la familia de las plantagináceas apreciada como ornamental, además de por el valor medicinal de su principio activo, la digitalina.

Los “palitroques”, o dedalera, sigue un ciclo de dos años. Durante el primer año produce únicamente una roseta de hojas basales y ovaladas mientras que, durante el segundo año, desarrolla un tallo largo tallo del que sus flores formarán racimos colgantes de flores tubulares, de hasta 5 cm de largo y de un color rosa intenso en el exterior y púrpura en el interior de la corola.

Conocida por sus propiedades medicinales, formó parte de los remedios naturales conocidos por los curanderos desde la antigüedad. Estos recogían sus hojas a la puesta del Sol, momento e la que sus hojas contienen la máxima cantidad de sustancias activas. Usada para relajante cardíaco, dejó de ser usada durante la Edad Media por lo complejo de calibrar la cantidad de digitalina que aportaban cada una de dichas plantas y el riesgo de poder provocar la muerte por parada cardíaca.

Distracción para cuando de niños hacíamos explotar sus flores, sus campanillas siguen adornado el tupido manto vegetal de la

Ancares Prerromano: “Petroglifo de Teixoeiras”

“Contaba la leyenda que, sobre el monte de Teixoeiras y en el lugar llamado Chao de Canda, se encontraba una roca con extrañas marcas que habían sido talladas por “mouros” mucho tiempo atrás, señalando con ellas el lugar en donde se encontraba oculto un tesoro. Pero, cuidado, quien osase profanar la roca para llevarse el tesoro, una maldición lo perseguiría…”

Contaba la leyenda que sobre el se encontraba una roca con marcas bajón la que de escondía un antiguo tesoro

Llamada por los vecinos ” A Pena das Marcas” o “A Pena das Teixoeiras” y entre el temor y la curiosidad, está perduraría intacta durante milenios hasta que, tres vecinos de un pueblo próximo llamado Lama da Vila, decidiesen volarla en pedazos a principios de los años treinta del pasado siglo. Decepcionados por no haber encontrado el codiciado tesoro dentro de la roca, dejaron sus trozos dispersos por el lugar en donde esta yacía. Sin saber que, aquella roca, era el verdadero tesoro. Un tesoro llegado desde un tiempo inmemorial y que, por su necedad, lo habían condenado a muerte.

Entre las vistas de los paisaje que pueden ser contemplados desde el lugar en donde esta se enclava. La de la Sierra de Ancares, muestra su majestuosa elegancia como el testigo que presenció a aquellos que, en una época preferirá, trazaron con maestria los grabados sobre la roca de la que hoy tan solo perduran sus fragmentos.

Vista de los montes y valles de Ancares desde el pico de Teixoeiras. Las vistas panorámicas desde este enclave son magníficas

Transcurrido el tiempo, y aunque el petroglifo ya había sido volado en pedazos, su leyenda perduró en la memoria de las gentes hasta que, durante el verano de mil novecientos ochenta y tres, David Alba se la contaría una tarde a su nieto Abel y a uno de sus amigos llamado Marcelino. Con la curiosidad juvenil a flor de piel, ambos iniciarían el ascendo a la montaña para ir a visitar el lugar en donde este yacía.

Entre los trozos que quedaban de la roca, unos más grandes y otros más pequeños, ambos encontraron algunos que tenían extrañas marcas, unas con forma de herradura, otras en forma de cazoleta y otras de forma indeterminada. Amantes del senderismo y dados a las largas caminatas, ambos hicieron del lugar un punto de paso que, a lo largo de los años, visitarían.

Pasado el tiempo, y ya casi caída en el olvido, Abel, decidió buscar a quien informar sobre la existencia de dicho petroglifo. Para ello, se puso en contacto con un grupo llamado “Patrimonio Ancares” que, al parecer, operaba por la zona con el propósito de recuperar el patrimonio histórico de la comarca.  Contactado con uno de ellos, llamado Xabier Moure, marcaron una fecha para ir a verlo.

El día anterior a la fecha acordada para la ascensión a la cumbre, Abel, recibió una llamada de Xabier Moure manifestando su pesar por la imposibilidad de poder ir el día señalado. Razon por la que se pospondría la cita para otras fechas más adelante. Dado por perdido dicho encuentro, Abel decidiría subir por su cuenta al lugar para tomar fotos de las panorámicas del lugar mientras lo visitaba despues de años.

Para su sorpresa, mientras ascendia, por la otra ladera de la montaña pudo divisar a lo lejos a Xavier Moure que, acompañado de una mujer, también habían iniciado el ascenso a la cima. Llegados al lugar, y ante el desconcierto de aquellos dos buscadores, Abel les indicaría el lugar en donde los restos del petroglifo yacían.

Posiblemente un trifinium dada la proximidad de una fuente llamada “fonte do marco”, este petroglifo es el primero que fue encontrado y registrado en el Concello de As Nogais

Tiempo después del encuentro en la cima de Teixoeiras, y de que Xabier Moure le hubiese prometido que figuraría como informador de dicho hallazgo, Abel sería avisado por Patrimonio de que no había sido mencionado en los informes que habían sido remitidos a la Xunta de Galicia por Xavier Moure sobre el descubrimiento. Sin dilaciones, se cursarían los documentos necesarios e hicieron las correspondientes gestiones ante Patrimonio de la Xunta de Galicia en donde hoy Abel, socio fundador de la Asociación Cultural Ancares Máxico, figura hoy como el descubridor del primer petroglifo hallado en As Nogais.

Cantigas y Romances: “La Molinera”

Canción popular del oeste de la Península Ibérica, tuvo una importante difusión en el este de Galicia y en la comarca de Tras os Montes. Siendo cantada, hasta no hace muchos años, por las por las gentes  mayores de la comarca de Ancares.

Aunque tuvo una gran diversidad en sus letras por las mismas razones que otras canciones de aquella época, esta fue una de las que más tiempo perduró en Galicia, siendo magistralmente interpretada por el grupo Luar na Lubre:

LA MOLINERA

“Estando la molinera
sentadita en su molino
Pasó por allá un soldado
olé, olé
vengo de moler el trigo
que vengo de moler, morena
Que vengo de moler, morena
de los molinos de abajo
dormí con la molinera
olé, olé
no me ha cobrado el trabajo
que vengo de moler, morena
Que vengo de moler, morena
de los molinos de arriba
dormí con la molinera
olé, olé
no me ha cobrado la maquía
que vengo de moler, morena
Que vengo de moler, morena
de los molinos del frente
dormí con la molinera
olé, olé
se enteró toda la gente
que vengo de moler, morena
Que vengo de moler, morena
de los molinos azules
dormí con la molinera
olé, olé
sábado, domingo, lunes
que vengo de moler, morena”

 

Iglesias y Monasterios: “Penamayor”

En las cercanías de Becerreá, se encuentra Penamayor. Lugar situado a las orillas del arroyo que discurre entre las sierras de Pena do Pico y Liñares, da refugio a uno de los monasterios más antiguos de dicha comarca. Aunque su origen bien podría remontarse a los primeros ermitaños del cristianismo en las montañas de Ancares, otras corrientes dicen de sus comienzos en los primeros años de  la reconquista. Momentos dificiles en los que, el Abad del monasterio de Carracedo, envió a algunos de sus monjes a la búsqueda de un lugar seguro entre las montañas y apartado de las  hostiles fronteras del reino, las cuales se encontraban bajo la continua  amenaza de las incursiones musulmanas.

Perteneciente a la orden Benedictina desde sus comienzos, en el año 1203 pasaría a pertenecer, junto con el monasterio de Carracedo, a la orden del Cister.

El primero de los documentos escritos, en donde se hace mención a su ya existencia, está datado en el año 922. En dicho documento se comenta que, dado el creciente auge del camino de Santiago y la plena decadencia que sufría el monasterio de Samos asolado por las incursiones musulmanas, Ordoño II de León, encargaba al abad Berila de Penamaior la restauración de dicho monasterio.

Otros documentos datados en el año 1188, ya hablan de este monasterio como una abadía de la orden Benedictina que, a su vez, dependía como priorato del monasterio de Carracedo. Posteriormente, en el año 1203, tanto el convento de Penamayor, como el de Carracedo, pasarían a formar parte de la orden del Cister y depender de la abadia francesa de Cîteaux. Aún así, el monasterio de Santa Maria de Penamayor, se mantendría como una pequeña abadía  cisterciense hasta el siglo XVI, en el que perdería tal categoría. Desde este momento, proseguiría en su decadencia como congregación hasta la primera mitad del siglo XIX cuando, tras la desamortización de Mendizabal, quedaría a la suerte del abandono que lo llevaría al estado de deterioro en el que hoy se encuentra.

Retablo de la abadia de Penamayor

Es este abad de Penamaior, Berila, se cree que también pudo ser el mismo abad que figura en otro documento anterior, fechado en el año 919,  que se encuetra relacionado con el monasterio de San Pedro de Triacastela. Por lo que, aunque el cuándo de su fundación, este se pierde en entre las idas y venidas de la convulsa época altomedieval, se tiene la certeza de que tal fecha fue anterior al año 922. Año en que dicho monasterio ya era una abadía.

Pila bautismal de la abadia de Penamayor

En dicho monasterio también yace el sello de los Caballeros del Temple. Orden que, en dicho lugar, se dice que tuvo emplazado uno de sus destacamentos. Hoy en día, y pese al deterioro que sufre la parte que dio alberge a los monjes, prosigue su singladura como iglesia parroquial. Conservando a duras penas la integridad de su estructura como el convento que antaño fue. Por su entorno, arquitectura, antigüedad y lo complejo de su historia, se hace como uno de los lugares de obligada visita de la comarca de Ancares.

Mansiones Romanas: “Vilavexe”

Los viejos pueblos de las montañas hacen, en sus topónimos, un guiño al cómo y al cuándo de su origen. Cada rincón, cada pueblo, tiene un nombre, un topónimo. Algunos de ellos contemporáneos, otros tan antiguos como la misma historia. Tal es el caso de los pueblos sobre los que hablaremos hoy: Vilavexe y Lamadavila, en el Concello de As Nogais

Vilavexe, a los pies del alto de Teixoeiras:
Del término prerromano Teixo y del latín eiram, el topónimo del monte, que da abrigo al pueblo, dice de que, antaño, era un lugar poblado de tejos (teixos). Árboles de los que, en dicho lugar, no queda nada más que su nombre.

Para entender su origen, es necesario hacer un pequeño viaje en el tiempo a la época romana. Tras la invasión y como vencedores, los romanos adjudicaron haciendas a ciudadanos que serían los administradores de aquellas nuevas tierras recién adheridas al Imperio. Estas haciendas, llamadas vilas en gallego (villam/villae en Latín), surgieron con el fin de aprovechar la nueva “terra conquistata” y hacerla útil a los intereses económicos de Roma

La categoría de de estas villas iba, desde las modestas explotaciones agrarias, como aquellas que dieron origen a los pueblos de Vilavexe y Lamadavila (villas rústicas), hasta las suntuosas mansiones (villas dominicas) desde las que, nobles romanos, dirigirían las labores de trabajo de sus latifundios. El trabajo duro en estas nuevas tierras, saldría de la mano de obra barata de los esclavos aportados por el sometimiento de la región tras la conquista. Siendo, la evolución de las villas dominicas, las que, posteriormente, darían lugar al nacimiento del feudalismo durante la alta Edad Media y a feudos como el de Torés, o Vilalba.

Cerredo, con el alto de Teixoerias al fodo:
En el camino ancestral que cruza por este paraje de Vilavexe a Lamadavila, hasta hace poco tiempo, hubo una cruz clavada al lado del camino. Dicha cruz, santificaba a antiguos enterramentos, las medorras, que en dicho lugar se hallan.

El término villam y sus diferentes derivaciones fue, con toda probabilidad, la palabra latina de mayor éxito en la toponímia tanto gallega, como asturiana. Haciendo fácilmente explicable el origen de muchos de sus pueblos, entre ellos: Vilavexe, Vilartote, Vilarín, Vilarello, Lamadavila…  Así pues, cabe decir que, tanto en la Hispania romana, como el la altomedieval, la villa era, básicamente, la casa campesina rodeada de los establos y de los edificios anexos necesarios, junto a los terrenos adjudicados para su explotación.

Lamadavila, Lama Villae, el origen de su topónimo nos llega del término prerromano lama, lameira, lameirón que, en una palabra, es una pradería, más el sustantivo villam: La pradería de la villa. Siendo la ubicación de dicho pueblo, el lugar en donde se asentaron las viviendas de los trabajadores dedicados al pastoreo, entre otras labores. Por tradición oral sabemos hoy que, a los habitantes de este pueblo, se los llamaba tambien lamegos. Según algunos autores, dicho término viene de la expresión prerromana Lamaecus. Expresión con la que se definía a los trabajadores de una explotación agraria.

Lama da vila:
Del término prerromano lama y del latino villam, dice del asentamiento en donde vivieron los trabajadores de la antigua explotación romana de Vilavexe. Los habitantes de este pueblo, también eran llamados lamebos en la comarca, expresion prerromana con la que se clasificaba a los trabajadores de las granjas

Cabe remarcar que, las villas que hoy conocemos, aún hablándonos de su origen, poco o nada mencionan al nombre de su fundador. Esto viene de una costumbre que, aún hoy en día, es comun en los pueblos al llamar a las casas bien por el apellido (Casa de López), por su estado (la casa nueva), por su ocupación (la casa del zapatero), así como por las virtudes, o los defectos, de quienes en ella viven, o vivieron.

Vilavexe es, en su posible etimología, la combinación de dos términos latinos villam y vexo/vexator, Villa vexo,  o lo que es lo mismo, la granja del verdugo. Si el calificativo dado a la villa por sus subditos fue tal, y dado que Vilavexe se encuentra a poco más de kilometro y medio de los restos de una de las principales vias romanas. El hecho de llamar verdugo, o perseguidor, al propietario de esta, puede acotar su fundación a los primeros años tras la conquista y, con ello, el desprecio de las gentes de la comarca, hacia los nuevos dueños de la tierra.

Próximo a Cerredo, y al lado de una de las tan solo dos fuentes perpetuas que en dicha localidad existen, fue, posiblemente sobre este llano, en donde se encontraba la antigua villa romana que dio nombre a Vilavexe.

El lugar para construir estas villas, exigía de ciertas condiciones necesarias. La primera, y esencial, era la proximidad a una fuente y, la segunda, un lugar medianamente nivelado que aportase solar para la vivienda y para otras construcciones anexas a esta. La Villa Vexo tubo su ubicación en un pequeño llano, próximo al lugar conocido hoy como Cerredo. Siendo este último el que, con toda seguridad, fue dedicado a cercado (cerredo) en donde los administradores de la villa tendrían confinadas a sus reses.

Con el paso del tiempo, estas villas y sus contornos, evolucionaron adaptandose a las distintas épocas y sus condiciones. Desde la esclavitud de los primeros años, a los colonatos, nuevas edificaciones surgirían entorno a estas villas dando nacimiento a los pueblos que hoy conocemos y que parecen abocados a un inexorable final.

Mitos y Leyendas: “El agua y el pulpo”

Aún recuerdo cuando de niño me decían que, con el pulpo, no se podía beber agua. Algo misterioso lo haría aumentar tanto de volumen en mi tripa, que hasta podría morir. Un buen día, decidí enfrentarme al mito. En un vaso con agua, dejé un trozo a remojo. Pasadas unas horas, el trozo seguía siendo exactamente igual. No había aumentado de volumen, no había revivido. Comprendí que era un mito, una leyenda, cierto, pero… ¿Cuál era su origen?

Para ello, debemos de echar la vista atrás hasta el tiempo en que, nuestros trasportes refrigerados, eran carretas y, los congelados, pertenecían al genero de la ciencia ficción. Era en aquel entonces, cuando el ser humano se las ingeniaba para conservar sus productos usando medios como los ahumados, salazones o los secados. Técnicas ancestrales que aún hoy usamos y, sobre una de ellas, hablaremos.

Siglos antes de que el pulpo se conservase en cámaras frigoríficas, la única forma conservarlo era el secado. Así como en el País Vasco, se usaba el secado para la conservación del bacalao, en las costas de Galicia se usaba el secado para la conservación del pulpo. Siendo este, el único modo posible de poder hacerlo llegar a las zonas del interior, en donde era apreciado como un rico manjar.

El hecho del secado para su conservación, haría que el octópodo perdiese más de las tres cuartas partes de su volumen. Después de su viaje, y llegado a su destino en la feria de algún pueblo, una bola correosa de carne y sal sería echada al agua para su cocción. Quienes lo observaban, veían como aquel amasijo de piel y sal aumentaba su volumen al tiempo que, sus tentaculos, se agitaban en el burbujeo del agua hirviendo.

Entre el estupor y el desconocimiento, en el país de la picaresca y del Lazarillo de Tormes, una macabra danza entre cantineros y pulperos haría nacer el mito. Con el pulpo no se podía beber agua, solo el vino. Solo los buenos caldos del tabernero, mitigarían la ira de aquel delicioso monstruo de ocho largos tentáculos que crecía de tamaño al ser sumergido en la caldera.

Toda leyenda, toda tradición tiene un origen. Algunas tan antiguas como el tiempo, otras tan contemporáneas como las mismas cadenas virales que, cada día, en las redes sociales se expanden.

Castillos y Fortalezas: “Castillo de Doncos”

 

Custodiando una de las entradas a Galicia, en la provincia de Lugo y escondido en el valle que lleva las aguas del Navia a traves del municipio de As Nogais, se encuentra el castillo de Doncos o de San Agustín. También llamado Castillo da Grupa, de lo que dicha construcción fue en su época, hoy tan solo queda en pie su torre del homenaje.

castelo

A diferencia de otras muchas fortalezas, que se alzaron sobre sierras inexpugnables y desde las cuales divisaban comarcas enteras. Llama la atención el lugar que, este original castillo, ocupó para su cometido. Modestamente enclavado sobre un pequeño otero al fondo del valle y próximo al río Navia que, en parte, pudo haberle servido como foso. Tal ubicación lo deja en una dudosa posición defensiva, lo que lleva a pensar en que bien pudo haber sido destinado a  fines puramente logísticos.

También se dice sobre él, que que formó parte de de las torres que custodiaron la entrada al Reino de Galicia durante la Edad Media. Entre estas torres defensivas, se encontraban fortalezas tales como la de Sarracín en las vegas del Valcarcel, la de Cornatel en Prianza del Bierzo o la de los Templarios en Ponferrada.

Aunque su construcción es altomedieval, cabe la posibilidad de que este castillo hubiese sido edificado sobre una fortificación ya anterior. Como muchos otros castillos de su época, el porque y el cuando de su origen, seguirá siendo uno de esos misterios que se esconden tras el tupido velo de la historia.

La Vida en los pueblos: “La matanza”

Entre las tradiciones que aún hoy sobreviven tanto en las montañas de Ancares, como en buena parte de nuestra geografía. La matanza fue aquella por la que, en cada una de las casas de los pueblos, se llegaron a vivir días en donde, lo frenético de las labores de la elaboración, se cruzaban con un auténtico festejo popular que parecía anunciar la ya inmimente llegada del invierno.

Desde el embuchado a mano del picadillo adobado, o zorza, al embuchado en maquinas electricas, el proceso sufrió una transformación continua a lo largo del tiempo que facilitaría el trabajo que ello conllevaba.

Los días idoneos para llevar las tareas a buen fin, se encontraban ligados a la llegada del frío. Este, a parte de sus sobradas cualidades para la conservación, propiciaría una práctica ausencia de las temibles moscas, las cuales podrían echar a perder los esmerosos trabajos que solicitaban los productos cárnicos obtenidos de las labores de despiece y picado. Por ello, cada año las fechas para estas faenas se veían adelantadas o retrasadas, siendo la llegada de las primeras nieves a las cumbres, el punto de partida para llevar a cabo las tareas.

Un evento de colaboración entre los vecinos de los pueblos, tan solo comparable a la trilla de las mieses, correría de casa en casa y a lo largo y ancho de las aldeas. Entre los muchos menesteres que dicha tradición llevaba consigo, sería entre las vecinas en donde se trocearían finamente las carnes que, debidamente adobadas, quedarían en reposo un par de días para dar paso posterior al proceso de embuchado de los embutidos.

El util para el picado de la carne era llamado riladoira, en el zocalo central, esta se picaba en pequeños trozos.

Llegada la navidad, y mientras las carnes se salaban en grandes cavidades que habían sido talladas en gruesos troncos de castaño llamadas maseiras, los embutidos adornarían los techos de las lareiras mientras que estos eran secados y ahumados para su posterior conservacion. Carentes de los envases al vacío de los que hoy se dispone, y antes de su curación total, parte de los embutidos serían sumergidos en la grasa que de los animales había sido extraida y que había sido almacenada en ánforas barro llamadas olas.

Cabe señalar que, la plasticidad de la grasa derretida, recubriría los embutidos aislandolos del aire y retrasando con ello su oxidación. Mientras, su deshidratación se veria retrasada dadas las propiedades hidrofugas de la grasa que los mantendria frescos durante un tiempo considerable.

En ánforas como esta, llamadas olas, se almacenaba la grasa extraida de la elaboración. Dentro de algunas de estas, se guardaban los embutidos cubiertos por ¡
la grasa que crearía un primitivo, pero eficaz, vacío

Tras la curacion total, el resto de los embutidos serían llevados a los horreos y, mientras las carnes ya recuperadas de la sal colgarían de garfios prosiguiendo su curado al aire de las montañas, los embutidos serían protegidos, enterrándolos bajo el grano de trigo o centeno que era contenido en grandes arcones de madera llamados paneiras.

Con el tiempo llegarían las picadoras, primero las manuales, luego las eléctricas. Más tarde, las envasadoras al vacío facilitarían los trabajos de conservación. En un mundo en constante cambio, perdura en esencia la tradición de esos salazones y embutidos que todos conocemos y que hacen de nuestro abanico gastronómico, un terreno ideal para satisfacer nuestros paladares.

Fiestas y Ferias: “San Andres”

“Inda lembro aquela muller chorando como unha perdida… viñera a pobre andando desde Vilafranca hasta San Andres polo camín de Xuncedo. Antes, eles viñan polo camin da serra e nos ibamos por eli as segas a castela. Con unha goxiña o lombo, chea de concas e de xarras de barro, a muller resbalou onda revolta da Campa de San Xoan e marchoulle a goxa as voltas polo camin abaixo, pobre… ¡Non!… Aqueles tempos que non volvan…”

En las Inmediaciones de As Nogais, está la parroquia de San Andrés. Con una de las iglesias más antiguas de la comarca de Ancares, dicha construcción fusiona en su arquitectura desde la simbología celta, que se encuentra grabada en sus piedras, hasta las tallas de estilo barroco de sus altares. Entre sus paredes los estilos mozarabe, románico, clásico y un etcétera se sumaron a lo largo del tiempo, y de la época, en que fue reformada. Dicha iglesia y, con ella su parroquia, fueron asignadas a la Protección del apóstol San Andrés. Que, un día como hoy, celebraba su fiesta patronal

 

San Andres y su iglesia llegada del prerrománico

Algunos de los vecinos del lugar, que vivieron los últimos días del evento en tiempo presente, recordaban de como, durante la jornada de la fiesta patronal, se desarrollaba en el lugar una feria que era llegada de tiempos inmemoriales. Dicha Feria era llamada “A Feira Da Cebola” (La Feria de la Cebolla). Con la llegada de los nuevos medios de transporte después de la segunda mitad del XIX, dicha feria entró en un lento proceso de decadencia, quedando relegada al olvido en los últimos años, de la tercera década, del siglo XX.

Contaban las gentes que, en sus mejores tiempos, “a Feira da Cebola” había sido de gran importancia en dicha comarca. A esta feria eran llegadas gentes del Bierzo, así como los mercaderes conocidos como los maragatos, para comerciar con los productos de la temporada y otras mercancías como telas, cerámica, útiles domésticos, o de trabajo como hoces, guadañas, martillos o clavos.

Altar Mayor de la iglesia consagrada a San Andres.

A lo largo del camino que subía desde San Andrés a la sierra por donde habían llegado, y dispuestos a comerciar con sus productos, se asentaban los vendedores. Canastas llenas de cebollas, pimientos, nueces, castañas, cecinas, telas, útiles de trabajo o cerámicas eran mostradas a los viandantes que, en sus idas y venidas, iban desde un llano llamado Campa de San Juan, hasta la plaza del pueblo próxima a la iglesia del patrón. Los vecinos de San Andrés, en mención de dicho evento, eran llamados “ceboleiros”.

Llegadas de la Edad Media, entre los entretenimientos de la fiesta, estaban las corridas de gallos.

Próximos a la iglesia, en la plaza del pueblo, los gaiteros y los cantineros, tratarían de alegrar el dia a los vecinos del lugar entre jotas, cantares y buen vino. En la Campa de San Juan, una pequeña capilla que hoy ya no está, era testigo de las apuestas entre los vecinos en las “corridas de gallos” que en su proximidad se llevaban a cabo. Testigo fue también de vendedores y mercaderes llegados de más allá de las montañas, así como de las idas y venidas de las gentes que habitaban un vivo mundo rural que hoy