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Mitos y Leyendas: “A Casa do Regueiro da Lomba”


Tras la caída del Imperio Romano, una larga sucesión de siglos tan tenebrosos como las mismas leyendas que de ellos afloraron, se sucederían a lo largo y ancho de Europa. Había nacido la Edad Media. De entre sus idas y venidas, regidas por un ciego fanatismo, también surgiría lo que sería uno de los engendros más perturbadores creados por la mente humana: La Santa Inquisición.

Una de estas historias, nos lleva en el tiempo a mediados del siglo XVI. A un rincón de las montañas de Ancares próximo a As Nogais. Un rincón en donde, una familia, vivía en paz en una apartada casa. Una modesta palloza, próxima a un arroyo que, entre los lugareños, era llamada “A Casa do Regueiro da Lomba”

Dedicados a sus quehaceres, la familia que allí habitaba, estaba formada por un matrimonio y sus dos hijos que, cada día, luchaban por subsistir bajo el yugo del aun vigente feudalismo. Aunque, algo especial, hacía diferente a esta familia de las demás.

Conocedora de los secretos de las plantas, además de sus menesteres como campesina, la esposa del labrador también dedicaba parte de su tiempo a las labores de sanación con los vecinos que iban a visitarla, bien para pedirle remedio, bien para pedirle consejo, o bien para ambas cosas. Viendo crecida su fama en el lugar, y llegada esta a oidas del párroco de la comarca, no tardo este en informar a sus superiores para, a su vez, pedir consejo.

A la vista de que, aquella diabolica mujer, era conocedora de tan infernales artes, los superiores del párroco no dudaron en dar aviso al la Santa Inquisición. El Brazo Secular, en sus sabias decisones, procedería con dicha persona en la medida de lo correcto para corregir y enderezar tal heregía.

Una noche de invierno de 1540, aquella familia sería apresada desapareciendo todos ellos para siempre. Su casa al abandono y sus tierras confiscadas, dejaron tras de si una huella en la memoria de las gentes que, hasta hace poco tiempo, aún susurraban con temor sobre los horrores que pudieron haber aconteció a aquella humilde familia en las carceles de la Santa Inquisición.

Las paredes ruinosas de la casa que les dio cobijo, aún siguen en el lugar a la espera de que retornen aquellos que nunca regresarán.

Mitos y Leyendas de Ancares: Os Renubeiros

Entre las muchas leyendas heredadas de los pueblos prerromanos, la de los Renubeiros en Ancares o Nuberus en Asturias es, posiblemente, una de las más ancestrales. Se decía sobre estas entidades, que poesían unos poderes especiales sobre el dominio de las nubes y las tormentas. Con poderes equiparables el Odín de los pueblos bálticos, los Renubeiros podían ser, tanto benefactores al liberar mansas las lluvias, como desoladores al desatar toda la fuerza indomita de la naturaleza.

El poder de las tormentas estaba en manos de los Renubeiros que bien podían liberar toda su furia o controlarla.

Muchas son las interpretaciones y retoques esteticos que, a través de la tradición popular, se le fueron añadiendo al mito. Cabe señalar que, en algunos lugares de Asturias y Galicia, se decía que eran seres con la apariencia de ancianos desaliñados que, cuando bajaban a tierra y por azar, podían ir junto a alguien a pedirle un favor. De ser el favor cumplido, las lluvias posteriores serían mansas y benefactoras. De no haber recibido el favor, por desdeño de estos entes, desencadenarían toda su ira en forma de desoladoras tormentas y vendavales.

En la comarca de Ancares, estos semidioses ancestrales, se decían que eran unos seres de apariencia humana, ataviados de túnicas blancas y poseedores de unos libros en donde estaban escritos todos sus conocimientos para guíar a las nubes cual rebaños.

Sobre las nieblas dispersas que recorren las montañas ascendiendo hacia el cielo, se creía que iban los Renubeiros.

A lomos de los llamados burros de niebla, bajarían a tierra leyendo su libro de mantras al revés. Llegados a tierra, estos burros de niebla cargarían con más agua para alimentar a las demás nubes de su rebaño y, de ese modo, proseguir con su trabajo de esparcir las lluvias. Para volver ascender, los Renubeiros leerían su libro de mantras al derecho iniciando un lento ascenso mientras, sus monturas, recorren las vertiente de las montañas.

Segun la tradición de esta comarca son, aquellos lugares de las sierras en donde descargan los relampagos con mayor frecuecia y en los lugares en donde brotan las fuentes, los lugares en donde estos seres se apeaban de sus jumentos para descansar.

Hasta no hace mucho tiempo, era comun la advertencia a los jóvenes de no acercarse a uno u otro lugar en donde los Renubeiros tomaban tierra. Entre lo mitológico y lo mundano, fue una forma de evitar posibles tragedias humanas señalando los lugares en donde frecuentaban caer fuertes descargas eléctricas durante las tormentas.

Árbol sagrado desde la antigüedad, sus ramas, al igual que las de olivo en otros lugares, son llevadas a bendecir durante la misa del Domingo de Ramos. Partes de estos ramos benditos eran quemados durante las tormentas para alejarlas a del lugar.

Ante la inminente llegada de las tormentas guiadas por los Renubeiros, en algunos pueblos de la montaña era de tradición tocar las campanas de las iglesias cuando, el aspecto que esta daba, parecía traer una verdadera desgracias consigo. Se creía que, las vibraciones de las campanas, evitarían que se formase el granizo que podría hacer peligrar las cosechas. Por otra parte, las gentes sacaban las hachas a las eras para que, colocándolas con el filo hacia arriba, amenazasen a los Renubeiros. A su vez, en las lareiras de las casas, se quemaban ramas del laurel que había sido bendecido el Domingo de Ramos. El humo del laurel bendito, se creía que alejaría del lugar a los Renubeiros y, con ellos, a sus rebaño de nubes amenazantes.

Leyendas de Ancares: A Pena do Home

Cuenta la leyenda que, cuando Dios decidió crear los cielos y la Tierra, también pensó en crear a una partida de gigantes para que lo ayudasen en la construcción de tan gradiosa obra. Uno de ellos, tras haber terminado su trabajo, quiso irse a ver el mundo que había ayudado a crear. Decidido a recorrerlo entero, se echó a caminar hasta llegar a un lugar de las montañas donde, sobre una de aquellas lomas, se sentó a descansar durante un rato.

El gigante dormido, descansa bajo los cielos de Galica

Era pasada la media tarde cuando, decidió quedase a presenciar la caída del Sol hasta ver como este se perdería tras las montañas entre el rojo intenso del ocaso. Mientras el Sol se ponía, las largas sombras de la tarde daban paso al anochece y a una luna nueva que rayaba el horizonte, anunciando la llegada de las primeras estrellas que más tarde adornarían el oscuro manto de la noche.

Cansado por el descomunal trabajo y del largo camino recorrido, se recostó sobre el cerro, en donde se había sentado, para seguir mirando hacia el cielo sin perder de contemplar la belleza tan grandiosa obra. Absorto y fatigado, entre la tranquilidad del lugar y el arrullo del canto de los grillos, se quedó sumido en un sueño tan profundo que lo convertirían en piedra. Tumbado sigue hoy sobre la montaña, sumido en un profundo sueño bajo los cielos de Galicia

Mitos y leyendas: A Lenda de Maruxa, o muiño e o trasgo

De camino entre los pueblos de San Andrés y Lama da Vila, discurre un pequeño arroyo cuyas aguas, en otros tiempos, sirvieron para mover las ruedas de los molinos que, en su curso, se asentaron. Uno de estos molinos, conocido como o “Muín da Rigueira”, trabajaba incesantemente de día y de noche para todos aquellos vecinos que venían a servirse de él, desde los pueblos del contorno.

Lama da Vila, pueblo del que Maruxa, según la leyenda, era vecina.

Aquellos eran tiempos oscuros. Tiempos en los que, los quehaceres de la vida cotidiana, convivían con el temor a Dios y a las fuerzas sobrenaturales que los atemorizaban. Al atardecer, las gentes iban dejando atrás sus trabajos, para luego regresar a la seguridad de sus hogares y guarecerse de aquellas sombras que, se decía, recorrerían los caminos desde la puesta, hasta la madrugada. Así, mientras unos iban dejando atrás sus labores para proseguirlos por la mañana, otros más intrépidos osaban desafiar al mundo de las sombras aventurándose en el tupido velo de la noche. Tal fue el caso de Maruxa.

Maruxa, era una mujer firme y decidida del pueblo de a Lama da Vila. Fuerte y joven, era poco dada a creerse los relatos que, aquellos más ancianos, contaban sobre la Santa Compaña y sobre otras extrañas entidades del más allá. Entidades demoníacas algunas, otras almas en pena que, según antiguas leyendas, recorrían los caminos desde la puesta del sol y hasta las primeras luces del alba. Laboriosa montañesa, ella cumplía con su trabajo diario hasta darle fin y sin importarle de si lo terminaría antes o después del crepúsculo.

Una lluviosa tarde del mes de diciembre, cuando Maruxa pensaba de darles la cena a sus animales, se encontró de frente con la escasez de provisiones para poder alimentarlos a todos. Descontenta por tal carencia, mientras observaba su arcón casi vacío, se decidió a cargar dos saco de grano de centeno sobre su mula, para luego echarse a andar, camino abajo, hacia el molino.

Pozo usado por el molino que se encontraba en el camino de la Senra, próximo a San Andrés1

Con paso firme, haciendo frente a las inclemencias que anunciaban la proximidad del invierno, Maruxa llegaría a su destino con la última luz de la tarde. A su llegada, prendió su mula bajo el portal y pasó su interior en donde más gentes del lugar esperaban impacientes su turno. Con sus ropas mojadas, tomó asiento en uno de los bancos que se encontraban flanqueando la hoguera que caldeaba el local, a la vez que sembraba de luces y sombras las paredes del viejo molino. Próxima al fuego, le acercaba sus manos de vez en cuando tratando de ahuyentar el frío que, con el azote del viento y las gélidas e incesantes lluvias que se vertían sobre las montañas, ya se había calado en sus huesos.

El molino, del que aún quedan hoy sus ruinas, era un viejo edificio de gruesas paredes de piedra condenado a una eterna penumbra. Por la ausencia de ventanas, no tenía más luz que la que por su puerta entraba durante el día y la del leve resplandor que la hoguera le ofrecía durante la noche. Entre las sombras, acompañada por el incesante lamento de los ejes que movían las piedras del molino y que rompía el sosiego del lugar dándole las pinceladas perfectas de una siniestra melancolía, pudo observar como, uno a uno, los vecinos se iban marchando a sus casas tras recoger sus moliendas. Llegado su turno, Maruxa se había quedado sola en aquel tenebre lugar. Con esfuerzo, cargo sus sacos y derramó sus granos en el contenedor para que, lentamente, comenzasen a molerse. Sentada de nuevo al calor de la hoguera, tan solo le quedaba esperar para recoger su molienda y regresar con ella a la paz de su casa.

Mientras los gélidos vientos de los últimos días del otoño hacían resonar en el valle los ecos de sus interminables aullidos, cada giro que la rueda del molino daba, restaba tiempo a la tarde y acercaba la llegada de la media noche. Llegada esta, entre chisporroteo de las llamas de la hoguera, Maruxa vio abrirse la puerta del molino por donde entraría la silueta de un hombre alto en estatura y cubierto por una negra túnica ceñida a su cintura. Aquel extraño hombre, se fue acercando a la hoguera para luego tomar asiento en el banco que, frente a ella, se encontraba. Solos los dos, sumidos en la lánguida penumbra del molino y llamada por la curiosidad, Maruxa trataba de discernir entre las sombras los rasgos de la faz que, bajo aquella túnica, se encontraban.

Con unas profundas creencias animistas heredadas de los pueblos prerromanos, estas se mantendrían vivas en las tradiciones hasta épocas recientes.

Aquel hombre, sin mediar palabra, comenzó a sacar babosas de uno de sus bolsillos mientras las insertaba en una fina y afilada vara de avellano. Ante su mirada atónita, aquel extraño comenzó a asar las babosas en el fuego de la hoguera. Pasado un rato, que para ella se había convertido en una eternidad, el hombre cubierto por aquella túnica se puso a comer de las babosas que había asado. Fue entonces cando Maruxa pudo ver algo extraño bajo el capuchón que ocultaban su rostro. Era la imagen de un ser espectral, de sus ojos vacíos emanaba una pálida luz rojiza y, en su boca, unos dientes desfigurados y largos masticaban aquello que había asado. Mientras observaba aterrada, una voz desgarradora e infernal salio da su garganta diciéndole:

“Asadas y revueltas, Maruxiña… ¿Quieres de ellas?”

Maruxa, presa del pánico, huyó de aquel lugar por el tortuosos camino de vuelta a casa y dejando tras de si, la molienda por terminar y su mula bajo el cobertizo del viejo molino. Sin perder ni un solo instante de mirar hacia atrás, tropezando con cada piedra oculta por la oscuridad, corrió sin detenerse un solo momento hasta que, ya próxima a su pueblo, vio, entre los castaños que custodian el camino, la silueta de un hombre que por él bajaba. Por un momento, sus temores se aliviaron al creer que aquella era la silueta de su esposo que había salido a su encuentro.

“Ay mi esposo querido, regresa conmigo a casa que el demonio queda en el molino. Vi como sus ojos brillaban con un color rojizo, le pude ver sus dientes largos y deformes, vi como asaba…”

Aquel hombre que estaba ante ella, y a quién le relataba nerviosa lo que había visto, comenzó a erguir su cabeza. A medida que la levantaba, Maruxa se quedó sin habla al volver a ver aquellos ojos vacíos que brillaban con una pálida luz espectral. Paralizada por el panico, aquel ser le mostró sus dientes mientras le decía con su desgarrada voz:

Tras la puesta del Sol, almas en pena y otros seres infernales, vagaban por las venas de la noche

¿No serían estes los dientes Maruxiña?…

Con el corazón en un puño, Maruxa emprendió de nuevo una carrera sin tregua hasta poder resguardarse dentro de su casa colgando, tras del postigo de la puerta, una herradura que protegiese a todos los suyos de tan espectral demonio.

Anonimo

“Leyendas de la comarca de San Andrés, en el Concello de As Nogais”

“O Apalpador (Palpa Barrigas)”

Con el neocolonialismo americano y la avalancha de costumbres extranjeras, nuestro patrimonio cultural se ha visto invadido por tradiciones ajenas que desplazan a las nuestras ayudadas, a su vez, por agresivas campañas publicitarias.

Fruto del consumismo, personajes como Papá Noel, invaden nuestras tiendas cada año dándoles ese ambiente ideal para incentivar nuestra creciente visión materialista del mundo. Cabe decir que, la imagen que hoy tenemos en mente de Papá Noel vestido de rojo y larga barba, no es otra que la de un anuncio de Coca Cola de los años 20.

“Coca-Cola explicó que el origen de su publicidad navideña comenzó en la década de los años 20. Esta empresa, afirmo, que aprovechó la popularidad que tenía Santa Nicolás para relacionarlo con la campaña que tenían entre manos.”

Aunque sea digna de alabar a la nobleza de San Nicolas, no lo son en la medida las agresivas estrategias de marketing orientadas a las fechas navideñas y su potencial para desgarrar tradiciones propias. El mismo Imperio Romano, como el cristianismo, fueron verdugos de tradiciones ancestrales.

Tratando de darle un enfoque más cercano a dichas campañas y con un personaje local, desde hace algún tiempo se intenta hacer llegar en Galicia la figura del “Apalpador”, “Palpa Barrigas” en las comarca de Ancares, en substitución del ya conocido personaje mediático. Pero, ¿Qué era el Apalpador?

El 31 de diciembre vendría por la noche incordiar a los niños que hubiesen comido bien

Por lo que yo mismo recuerdo, el Apalpador o Palpabarrigas era un semi-demonio de las tradiciones ancestrales que, si no cenábamos bien, vendría por las noches a darnos pinchazos en la tripa. Hoy, es ese mismo demonio que, por las noches, tortura a todos aquellos que se se someten a una dieta para la operación verano.

Según la tradición, el día de noche vieja y para poder dormir bien, los niños debíamos dejar un vaso de leche y un puñado de castañas a un lado de la cama. Esa noche, aún no cenando lo debido, nos dejaría dormir tranquilos al ver que teníamos comida al lado de nuestra cama.

Hoy se desea de hacer ver como un ser cercano que premia a los niños buenos y, aunque lo que la tradición dice sobre el personaje no es del todo cierta, el rescatar de referente a un duende de nuestra tierra que ya cabe perdido, puede ayudar a mantener vivo un poco de nuestro legado.

Dicho esto, os invito a comentar y compartir, ya que vuestros comentarios pueden ser de gran ayuda para otros artículos.

Mitos y Leyendas: “La Santa Compaña”

Siendo la base para innumerables leyendas de la cultura popular de Asturias y Galicia, la Santa Compaña dejó su impronta en gran parte de aquellos relatos populares en donde, el temor a lo inexplicable, se entrecruzaba con la herencia de unas creencias ancestrales gobernadas por un alo que cabalgaba entre lo mágico y lo mitológico.

Legado de las creencias animistas de los pueblos prerromanos que, dada su apariencia mística, la hizo emparentar con el cristianismo. La Santa Compaña es el apelativo en el que se engloba las leyendas populares sobre aquellas misteriosas procesiónes de almas en pena, que recorrían los caminos en la noche, y de las experiencias de aquellos que, con ellas, se cruzaban. En resumen, es la herencia milenaria de una tradición pagana que nada tiene de Santa y menos de cristiana.

Almas en pena que recorrían los caminos cada noche

Así pues, desde la media noche, los caminos quedaba bajo el dominio unos seres espectrales que se decía mostraban una piel palida mientras, vestidos con sudarios y a la luz tenue de las velas, recorrían las comarcas hasta la proximidad del alba. Muchas eran las advertencias y consejos para evitar encontrarse con ella en la oscuridad de la noche. Aquellos espectros, caminantes descalzos que arrastraban cadenas y que, en ocasiones, hacían sonar campanillas, tenían el poder de condenar a los atrevidos que los pertubase, a vagar con ellos cada noche  por toda la eternidad.

Leyendas arraigadas en la cultura popular, perpetuadas de padres a hijos, eran relatadas durante las largas y frías noches de invierno al calor de las chimeneas. De aquellas historias, en Ancares quedaron relatos tales como el de Xán García, Juan García. Relatos que, contados en la penumbra de las hogeras, causarian la fascinación, el temor y la curiosidad de aquellas gentes que las escuchaban y que, aún hoy en día, hace palidecer.

“Xán García, era un hombre intrepido, de complexión fuerte y sin temores. Dado a los ambientes nocturnos, y reacio a creerse las historias que, sobre los espiritus de la noche, se contaban. Nada mundano le hacía perder su compostura para aventurase en la oscuridad de los caminos a altas horas de la madrugada e ir de unos lugares a otros. A su parecer, todo aquello que se contaba sobre fantasmas, almas en pena o seres de otro mundo, eran tan solo los cuentos perfectos para asustar a los niños.

Harto de desdeñar los consejos del párroco y haciendo oidos sordos a lo que los vecinos le decían. Una oscura noche de Todo los Santos, se fue al festejo que habían organizado en un cercano pueblo de la comarca. Disfrutando del festejo desde el atardecer y hasta altas horas de la noche, permaneció en el lugar para luego, terminada la fiesta, emprender el camino de regreso a su casa. Un único camino que, forzosamente, lo llevaría a pasar frente a la puerta del cementerio de la parroquia.

Desesperada su familia ante su tardanza, con la primera luz del día se echaron en su busqueda a la vez que se escuchaba tañir las campanas de la iglesia. Camino abajo, vieron venir a un vecino al que le preguntaron porque tocaban las campanas. El vecino, asustado, les dio el aviso de que el parroco quería verlos y que se presentasen cuanto antes ante la puerta del campo santo.

Llegados a las proximidades del lugar, se toparon con el párroco que, entre la confusión y el horror, los acompañó hasta la entrada del cementerio. Flanquedas por un grueso muro de piedra, de las dos pesadas puertas de madera de roble que lo cerraban, pendía el cuerpo de Xán García, colgado en cruz de sus brazos y con un mensaje escrito con su propia sangre.

“Xán García, andiveras de día que a noite é miña”

Por ello, si en la noche vais por un camino y a lo lejos la veis venir, haced un circulo en el suelo y dentro de el una cruz que señale con sus brazos al norte, al sur, al levante y al poniente. Luego entrad dentro de él y colocaos en su centro mirando al sur con con los brazos extendidos y, mientras esta pasa a vuestro lado, recitad en voz alta: Tócavos a vos, levade a cruz, que eu xa a teño.”

Mitos y Leyendas: Diosas Lunares (Leyenda do Chao das Olas)

Decía Plinio el Viejo en uno de sus escritos sobre los cultos de los pueblos galaicoasturianos:

“…Nada tienen más sagrado que el tejo y el roble. Eligen los bosques de estos árboles para hacer sus ritos, que no hacen si los árboles no tienen hojas… tras preparar sus sacrificios y el banquete bajo los árboles, traen dos terneros blancos sin cuernos. Con su túnica blanca un druida sube por un árbol para cortar tejo con su hoz de oro, otros lo reciben. Después matan a los terneros en sacrificio y piden la recompensa posterior a sus dioses…”

Diosa lunar de los pueblos celticos, pierde sus inicios en los pueblos indoeropeos. Nombre que perdura en la geografía, su nonbre se encuentra ligado a fuentes y ríos

Cuenta la leyenda que, a traves del tiempo se ha conservado, sobre las crestas rocosas próximas al castro de San Andres, en  As Nogais y durante las noches de luna llena, una dama vestida de túnicas blancas y acompañad por lobos, se aparecía sobre ellas para cantar asturianas a la Luna. Mientras su belleza era iluminada por la tenue luz plateada, sus cantares eran acompañados en coro por los aullidos de los lobos que con ella iban.

Diosa del panteón celta y de los pueblos galaicoasturianos, Deva era comparable  a la representación de la diosa Gea en Grecia clásica.  Madre de todos los dioses y de naturaleza acuatica, Deva era vinculada a fuentes y ríos por ello, su nombre, perdura hoy en la toponimia dando nombre a estos accidentes geográficos entre otros.

Madre de los dioses del panteón celta, vinculada a las aguas y al curso de los ríos

Perdida su relación  con las antiguas divinidades célticas, era conocida entre las gentes del lugar, como la dama o la señora.

“Contos, Pontes e Pousadas no Camino Real de Acceso a Galicia”

La construción de caminos siempre fue, y  aún es, una tarea enormemente compleja porque implica intervenir directamente sobre el territorio y proceder a sú modificación. Una transformación que requiere un completo conocimiento del territorio pero también la delimitación clara de los objectivos a alcanzar. Pues bien, estas dos premisas no se alcazaron durante buena parte de la historia de la humanidad. De hecho, antes del siglo XVIII tan solo Roma fue capaz de llevarlas a cabo implementando una red de casi 100.000 km que aseguraban un completo control del territorio tanto militar, como comercial.

Una de las joyas de las obras civiles que fueron llevadas a cabo durante la ilustración, fue usada como puente para la Nacional VI (antigua de Carlos III) hasta hace pocos años. Con más de dos siglos sobre sus piedras, sigue hoy haciendo las funciones que le fueron asignadas, con estoica solidez.

Durante a Edad Media y Moderna tan solo se modifica el territorio a través de la agricultura pero no con los camiños. Las intervenciones sobre las rutas terrestres, se limitában a la mejora de los pasos difíciles, la construción de un puente o a las pequenas reparaciones y rectificaciones de sección y trazado, pero no había una planificación a nivel de estado. Esta ausencia se debe a varios factores dependiendo de la época pero los podemos resumir en tres:

1. Inexistencia de estado en determinados momentos,

2. Desconocimiento de los territorios y, por lo tanto, incapacidad técnica.

3. Falta de visión económica al desconocer la estrecha relación existente entre camino y desarrollo comercial.

El panorama cambia completamente a mediados del siglo XVIII con la llegada al trono de Carlos III (1759-1788) y, de seu hijo, Carlos IV (1788-1808). El culpable del cambio fue la Ilustración, un pensamiento que se estendía por Europa como un reguero de pólvora y que prometía el uso de  la razón para mejorar la vida. Los reyes lo adoptaron con premura y como unha forma de afianzar su poder absoluto pero disfrazado como un medio para incrementar la riqueza do reino e lograr la felicidad y el bienestar de sus súbditos. Así apareció el rey déspota ilustrado que iba emplear su poder junto con las luces de la razón y los adelantos de la época para impulsar las reformas que transformasen la mala situación vigente. Pero, para hacer esto, se consideraba que no era necesario contar con las masas, ya que se presuponía que, la miseria e ignorancia en que vivían, les impedía conocer cuales eran los remedios para resolver su patética situación. En consecuencia, el rei haría lo de sempre, lo que le diese la gana y bajo el lema:

“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo.”

Articulo, traducido al castellano, del Doctor en Historia Antigua Javier Gómez Vila

Ancares Prerromano: “Petroglifo de Teixoeiras”

“Contaba la leyenda que, sobre el monte de Teixoeiras y en el lugar llamado Chao de Canda, se encontraba una roca con extrañas marcas que habían sido talladas por “mouros” mucho tiempo atrás, señalando con ellas el lugar en donde se encontraba oculto un tesoro. Pero, cuidado, quien osase profanar la roca para llevarse el tesoro, una maldición lo perseguiría…”

Contaba la leyenda que sobre el se encontraba una roca con marcas bajón la que de escondía un antiguo tesoro

Llamada por los vecinos ” A Pena das Marcas” o “A Pena das Teixoeiras” y entre el temor y la curiosidad, está perduraría intacta durante milenios hasta que, tres vecinos de un pueblo próximo llamado Lama da Vila, decidiesen volarla en pedazos a principios de los años treinta del pasado siglo. Decepcionados por no haber encontrado el codiciado tesoro dentro de la roca, dejaron sus trozos dispersos por el lugar en donde esta yacía. Sin saber que, aquella roca, era el verdadero tesoro. Un tesoro llegado desde un tiempo inmemorial y que, por su necedad, lo habían condenado a muerte.

Entre las vistas de los paisaje que pueden ser contemplados desde el lugar en donde esta se enclava. La de la Sierra de Ancares, muestra su majestuosa elegancia como el testigo que presenció a aquellos que, en una época preferirá, trazaron con maestria los grabados sobre la roca de la que hoy tan solo perduran sus fragmentos.

Vista de los montes y valles de Ancares desde el pico de Teixoeiras. Las vistas panorámicas desde este enclave son magníficas

Transcurrido el tiempo, y aunque el petroglifo ya había sido volado en pedazos, su leyenda perduró en la memoria de las gentes hasta que, durante el verano de mil novecientos ochenta y tres, David Alba se la contaría una tarde a su nieto Abel y a uno de sus amigos llamado Marcelino. Con la curiosidad juvenil a flor de piel, ambos iniciarían el ascendo a la montaña para ir a visitar el lugar en donde este yacía.

Entre los trozos que quedaban de la roca, unos más grandes y otros más pequeños, ambos encontraron algunos que tenían extrañas marcas, unas con forma de herradura, otras en forma de cazoleta y otras de forma indeterminada. Amantes del senderismo y dados a las largas caminatas, ambos hicieron del lugar un punto de paso que, a lo largo de los años, visitarían.

Pasado el tiempo, y ya casi caída en el olvido, Abel, decidió buscar a quien informar sobre la existencia de dicho petroglifo. Para ello, se puso en contacto con un grupo llamado “Patrimonio Ancares” que, al parecer, operaba por la zona con el propósito de recuperar el patrimonio histórico de la comarca.  Contactado con uno de ellos, llamado Xabier Moure, marcaron una fecha para ir a verlo.

El día anterior a la fecha acordada para la ascensión a la cumbre, Abel, recibió una llamada de Xabier Moure manifestando su pesar por la imposibilidad de poder ir el día señalado. Razon por la que se pospondría la cita para otras fechas más adelante. Dado por perdido dicho encuentro, Abel decidiría subir por su cuenta al lugar para tomar fotos de las panorámicas del lugar mientras lo visitaba despues de años.

Para su sorpresa, mientras ascendia, por la otra ladera de la montaña pudo divisar a lo lejos a Xavier Moure que, acompañado de una mujer, también habían iniciado el ascenso a la cima. Llegados al lugar, y ante el desconcierto de aquellos dos buscadores, Abel les indicaría el lugar en donde los restos del petroglifo yacían.

Posiblemente un trifinium dada la proximidad de una fuente llamada “fonte do marco”, este petroglifo es el primero que fue encontrado y registrado en el Concello de As Nogais

Tiempo después del encuentro en la cima de Teixoeiras, y de que Xabier Moure le hubiese prometido que figuraría como informador de dicho hallazgo, Abel sería avisado por Patrimonio de que no había sido mencionado en los informes que habían sido remitidos a la Xunta de Galicia por Xavier Moure sobre el descubrimiento. Sin dilaciones, se cursarían los documentos necesarios e hicieron las correspondientes gestiones ante Patrimonio de la Xunta de Galicia en donde hoy Abel, socio fundador de la Asociación Cultural Ancares Máxico, figura hoy como el descubridor del primer petroglifo hallado en As Nogais.

Mitos y Leyendas: “El agua y el pulpo”

Aún recuerdo cuando de niño me decían que, con el pulpo, no se podía beber agua. Algo misterioso lo haría aumentar tanto de volumen en mi tripa, que hasta podría morir. Un buen día, decidí enfrentarme al mito. En un vaso con agua, dejé un trozo a remojo. Pasadas unas horas, el trozo seguía siendo exactamente igual. No había aumentado de volumen, no había revivido. Comprendí que era un mito, una leyenda, cierto, pero… ¿Cuál era su origen?

Para ello, debemos de echar la vista atrás hasta el tiempo en que, nuestros trasportes refrigerados, eran carretas y, los congelados, pertenecían al genero de la ciencia ficción. Era en aquel entonces, cuando el ser humano se las ingeniaba para conservar sus productos usando medios como los ahumados, salazones o los secados. Técnicas ancestrales que aún hoy usamos y, sobre una de ellas, hablaremos.

Siglos antes de que el pulpo se conservase en cámaras frigoríficas, la única forma conservarlo era el secado. Así como en el País Vasco, se usaba el secado para la conservación del bacalao, en las costas de Galicia se usaba el secado para la conservación del pulpo. Siendo este, el único modo posible de poder hacerlo llegar a las zonas del interior, en donde era apreciado como un rico manjar.

El hecho del secado para su conservación, haría que el octópodo perdiese más de las tres cuartas partes de su volumen. Después de su viaje, y llegado a su destino en la feria de algún pueblo, una bola correosa de carne y sal sería echada al agua para su cocción. Quienes lo observaban, veían como aquel amasijo de piel y sal aumentaba su volumen al tiempo que, sus tentaculos, se agitaban en el burbujeo del agua hirviendo.

Entre el estupor y el desconocimiento, en el país de la picaresca y del Lazarillo de Tormes, una macabra danza entre cantineros y pulperos haría nacer el mito. Con el pulpo no se podía beber agua, solo el vino. Solo los buenos caldos del tabernero, mitigarían la ira de aquel delicioso monstruo de ocho largos tentáculos que crecía de tamaño al ser sumergido en la caldera.

Toda leyenda, toda tradición tiene un origen. Algunas tan antiguas como el tiempo, otras tan contemporáneas como las mismas cadenas virales que, cada día, en las redes sociales se expanden.