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Iglesias y Monasterios: “Penamayor”

En las cercanías de Becerreá, se encuentra Penamayor. Lugar situado a las orillas del arroyo que discurre entre las sierras de Pena do Pico y Liñares, da refugio a uno de los monasterios más antiguos de dicha comarca. Aunque su origen bien podría remontarse a los primeros ermitaños del cristianismo en las montañas de Ancares, otras corrientes dicen de sus comienzos en los primeros años de  la reconquista. Momentos dificiles en los que, el Abad del monasterio de Carracedo, envió a algunos de sus monjes a la búsqueda de un lugar seguro entre las montañas y apartado de las  hostiles fronteras del reino, las cuales se encontraban bajo la continua  amenaza de las incursiones musulmanas.

Perteneciente a la orden Benedictina desde sus comienzos, en el año 1203 pasaría a pertenecer, junto con el monasterio de Carracedo, a la orden del Cister.

El primero de los documentos escritos, en donde se hace mención a su ya existencia, está datado en el año 922. En dicho documento se comenta que, dado el creciente auge del camino de Santiago y la plena decadencia que sufría el monasterio de Samos asolado por las incursiones musulmanas, Ordoño II de León, encargaba al abad Berila de Penamaior la restauración de dicho monasterio.

Otros documentos datados en el año 1188, ya hablan de este monasterio como una abadía de la orden Benedictina que, a su vez, dependía como priorato del monasterio de Carracedo. Posteriormente, en el año 1203, tanto el convento de Penamayor, como el de Carracedo, pasarían a formar parte de la orden del Cister y depender de la abadia francesa de Cîteaux. Aún así, el monasterio de Santa Maria de Penamayor, se mantendría como una pequeña abadía  cisterciense hasta el siglo XVI, en el que perdería tal categoría. Desde este momento, proseguiría en su decadencia como congregación hasta la primera mitad del siglo XIX cuando, tras la desamortización de Mendizabal, quedaría a la suerte del abandono que lo llevaría al estado de deterioro en el que hoy se encuentra.

Retablo de la abadia de Penamayor

Es este abad de Penamaior, Berila, se cree que también pudo ser el mismo abad que figura en otro documento anterior, fechado en el año 919,  que se encuetra relacionado con el monasterio de San Pedro de Triacastela. Por lo que, aunque el cuándo de su fundación, este se pierde en entre las idas y venidas de la convulsa época altomedieval, se tiene la certeza de que tal fecha fue anterior al año 922. Año en que dicho monasterio ya era una abadía.

Pila bautismal de la abadia de Penamayor

En dicho monasterio también yace el sello de los Caballeros del Temple. Orden que, en dicho lugar, se dice que tuvo emplazado uno de sus destacamentos. Hoy en día, y pese al deterioro que sufre la parte que dio alberge a los monjes, prosigue su singladura como iglesia parroquial. Conservando a duras penas la integridad de su estructura como el convento que antaño fue. Por su entorno, arquitectura, antigüedad y lo complejo de su historia, se hace como uno de los lugares de obligada visita de la comarca de Ancares.

Iglesias y Monasterios: “Origenes”

Monasterio, monacal… el término que los describe, vienen del griego monasterion, μοναστήριον. Término con el que se apelaba a los ascetas, o ermitaños, que llevaban una vida aislada, dedicada a la meditación y buscando de purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales.

No fue esta una característica exclusiva del cristianismo ya que, prácticamente en todas las religiones y culturas, poseyeron, o poseen, sus “monjes”. Desde los asipu de la antigua Sumeria, las chemait egipcias, las Virgenes Vestales o los Bhikkhu del budismo, la vida ascética se hace como algo paralelo a la propia filosofía de los cultos.

La vida ascética del cristianismo, y que daría origen a los monasterios, inició su singladura poco tiempo después de la muerte de Jesús de Nazaret. Aquellos primeros ascetas cristianos, inicialmente vivieron solos como ermitaños para que, con el tiempo, decidiesen unirse y habitar en cuevas, o chozas, construidas por ellos mismos. Lugares simples, sencillos, pero a su vez suficientes para poder llevar una vida dedicada a la oración mientras convivían en comunidad.

No sería hasta el siglo VI cuando, san Benito, crea una comunidad y establece las reglas que servirían de base para otras órdenes venideras. Sus seguidores hacían tres promesas: el voto de pobreza, el voto de castidad, y el voto de obediencia.

La evolución desde las antiguas comunas, a los conventos, o abadias, que hoy conocemos, sucedería durante el transcurrir de la alta Edad Media. Monasterios como el de San Pedro de Rocas en Esgos (Orense), o el de Penamaior en Becerreá (Lugo), iniciarían su singladura durante la época altomedieval. Tiempos en los que, a diferencia de Europa, el norte de España estaba siendo sacudido por las idas y venidas que durante la reconquista se acontecieron.

Congregaciones venideras sucederían a estas a lo largo del tiempo. Algunas, como el monasterio de Samos, a día de hoy sigue custodiando la herencia medieval del Camino de Santiago. Otro lugares menos afortunados encierran en sus topónimos la firma de sus origenes. Lugares tales como Mosteiro, en el municipio de Cervantes, se dice que fue solar de un antiguo monasterio que perteneció a la orden de los Caballeros Templarios y hoy ya desaparecido.

En otros pueblos, como San Andres en As Nogais, la tradición oral guardó los ecos de la existencia de congregaciones en una epoca pretérita. Historias que, a lo largo de los siglos, llegaron hasta nuestros días y hoy esperan su turno para perderse en el olvido.