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La vida en los pueblos: “La emigración”

Las zonas de la montaña, sobrevivieron desde siempre como rincones olvidados entre su aparente tranquilidad, el amor y la desesperación de quien en ellas vivieron. Las montañas, generosas en ocasiones, despiadadas en otras, hicieron el día a día de las gentes que en ellas moraron durante siglos. Ajenas estas, en la mayoría de los casos, a los cambios que, a lo largo del mundo, se sucederían.

Nadie la vio venir, nadie la esperaba. La revolución industrial estaba en marcha y pronto se extendería por el mundo como el nuevo sueño en donde todo era posible. Animados por el olvido secular de estos lugares, olvido tan antiguo como el origen mismo de los poblados, y el goteo de las fantásticas noticias de lo que a lo lejos acontecía, invitó a muchos a irse a la búsqueda de un lugar que creían sería mejor.

Nadie deseaba una vida de subsistencia. Nadie quería una vida ligada a lo rudimentario de sus técnicas y a lo agreste de sus tierras. Pretéritas técnicas que, sumadas a su vez a una creciente población, limitaban los recursos que la tierra podía dar a sangre, sudor y hierro. Las puertas hacia una nueva vida estaban abiertas y, aquellos milenarios senderos que enlazaban a las aldeas, se convertirían, en poco tiempo, en las rudimentarias autopistas que los llevarían lejos, muy lejos.

Gentes curtidas y entregadas al trabajo duro venderían sus vidas, marchando a trabajar sin ninguna garantía. Marcharían sin saber que eran aquellos nuevos esclavos que, por un miserable sueldo, venderían su alma al diablo, para luego quedar sepultados en el fondo de las minas o destrozados en las fábricas. Jovenes aventureras se irían a servir a los nuevos ricos. Sufrirían de toda clase de bejaciones, pero daba igual. El despectivo de “gallega tienes que ser”, era menos doloroso que las vejigas nacidas e sus manos, fruto de tomar una azada por la mañana y cabar de Sol a Sol.

Barcos llenos de mano de obra barata saldría camino de América, otros muchos marcharían desperdigándose por Europa. Cataluña, Vascongadas, Madrid… La sangría había comenzado para toda una comarca que permanecería, y aún permanece, olvidada de la mano de Dios.

Décadas han pasado desde que alguien, en una feria de Becerreá, le hizo esta fotografía a una familia. El único recuerdo que quedaría para sus padres. El recuerdo de aquellos hijos que partirían hacia algún lejano lugar de ultramar. Pasado el tiempo, la sangría se convirtió en una lenta e inexorable agonía. La agonía de aquel enfermo en estado terminal que no sabe cuando, pero tiene claro ante si, su final. Un final tras el cual, también parece tener claro, que no acudirá nadie a su velatorio.

Leyendas de Ancares: A Pena do Home

Cuenta la leyenda que, cuando Dios decidió crear los cielos y la Tierra, también pensó en crear a una partida de gigantes para que lo ayudasen en la construcción de tan gradiosa obra. Uno de ellos, tras haber terminado su trabajo, quiso irse a ver el mundo que había ayudado a crear. Decidido a recorrerlo entero, se echó a caminar hasta llegar a un lugar de las montañas donde, sobre una de aquellas lomas, se sentó a descansar durante un rato.

El gigante dormido, descansa bajo los cielos de Galica

Era pasada la media tarde cuando, decidió quedase a presenciar la caída del Sol hasta ver como este se perdería tras las montañas entre el rojo intenso del ocaso. Mientras el Sol se ponía, las largas sombras de la tarde daban paso al anochece y a una luna nueva que rayaba el horizonte, anunciando la llegada de las primeras estrellas que más tarde adornarían el oscuro manto de la noche.

Cansado por el descomunal trabajo y del largo camino recorrido, se recostó sobre el cerro, en donde se había sentado, para seguir mirando hacia el cielo sin perder de contemplar la belleza tan grandiosa obra. Absorto y fatigado, entre la tranquilidad del lugar y el arrullo del canto de los grillos, se quedó sumido en un sueño tan profundo que lo convertirían en piedra. Tumbado sigue hoy sobre la montaña, sumido en un profundo sueño bajo los cielos de Galicia

Mitos y leyendas: A Lenda de Maruxa, o muiño e o trasgo

De camino entre los pueblos de San Andrés y Lama da Vila, discurre un pequeño arroyo cuyas aguas, en otros tiempos, sirvieron para mover las ruedas de los molinos que, en su curso, se asentaron. Uno de estos molinos, conocido como o “Muín da Rigueira”, trabajaba incesantemente de día y de noche para todos aquellos vecinos que venían a servirse de él, desde los pueblos del contorno.

Lama da Vila, pueblo del que Maruxa, según la leyenda, era vecina.

Aquellos eran tiempos oscuros. Tiempos en los que, los quehaceres de la vida cotidiana, convivían con el temor a Dios y a las fuerzas sobrenaturales que los atemorizaban. Al atardecer, las gentes iban dejando atrás sus trabajos, para luego regresar a la seguridad de sus hogares y guarecerse de aquellas sombras que, se decía, recorrerían los caminos desde la puesta, hasta la madrugada. Así, mientras unos iban dejando atrás sus labores para proseguirlos por la mañana, otros más intrépidos osaban desafiar al mundo de las sombras aventurándose en el tupido velo de la noche. Tal fue el caso de Maruxa.

Maruxa, era una mujer firme y decidida del pueblo de a Lama da Vila. Fuerte y joven, era poco dada a creerse los relatos que, aquellos más ancianos, contaban sobre la Santa Compaña y sobre otras extrañas entidades del más allá. Entidades demoníacas algunas, otras almas en pena que, según antiguas leyendas, recorrían los caminos desde la puesta del sol y hasta las primeras luces del alba. Laboriosa montañesa, ella cumplía con su trabajo diario hasta darle fin y sin importarle de si lo terminaría antes o después del crepúsculo.

Una lluviosa tarde del mes de diciembre, cuando Maruxa pensaba de darles la cena a sus animales, se encontró de frente con la escasez de provisiones para poder alimentarlos a todos. Descontenta por tal carencia, mientras observaba su arcón casi vacío, se decidió a cargar dos saco de grano de centeno sobre su mula, para luego echarse a andar, camino abajo, hacia el molino.

Pozo usado por el molino que se encontraba en el camino de la Senra, próximo a San Andrés1

Con paso firme, haciendo frente a las inclemencias que anunciaban la proximidad del invierno, Maruxa llegaría a su destino con la última luz de la tarde. A su llegada, prendió su mula bajo el portal y pasó su interior en donde más gentes del lugar esperaban impacientes su turno. Con sus ropas mojadas, tomó asiento en uno de los bancos que se encontraban flanqueando la hoguera que caldeaba el local, a la vez que sembraba de luces y sombras las paredes del viejo molino. Próxima al fuego, le acercaba sus manos de vez en cuando tratando de ahuyentar el frío que, con el azote del viento y las gélidas e incesantes lluvias que se vertían sobre las montañas, ya se había calado en sus huesos.

El molino, del que aún quedan hoy sus ruinas, era un viejo edificio de gruesas paredes de piedra condenado a una eterna penumbra. Por la ausencia de ventanas, no tenía más luz que la que por su puerta entraba durante el día y la del leve resplandor que la hoguera le ofrecía durante la noche. Entre las sombras, acompañada por el incesante lamento de los ejes que movían las piedras del molino y que rompía el sosiego del lugar dándole las pinceladas perfectas de una siniestra melancolía, pudo observar como, uno a uno, los vecinos se iban marchando a sus casas tras recoger sus moliendas. Llegado su turno, Maruxa se había quedado sola en aquel tenebre lugar. Con esfuerzo, cargo sus sacos y derramó sus granos en el contenedor para que, lentamente, comenzasen a molerse. Sentada de nuevo al calor de la hoguera, tan solo le quedaba esperar para recoger su molienda y regresar con ella a la paz de su casa.

Mientras los gélidos vientos de los últimos días del otoño hacían resonar en el valle los ecos de sus interminables aullidos, cada giro que la rueda del molino daba, restaba tiempo a la tarde y acercaba la llegada de la media noche. Llegada esta, entre chisporroteo de las llamas de la hoguera, Maruxa vio abrirse la puerta del molino por donde entraría la silueta de un hombre alto en estatura y cubierto por una negra túnica ceñida a su cintura. Aquel extraño hombre, se fue acercando a la hoguera para luego tomar asiento en el banco que, frente a ella, se encontraba. Solos los dos, sumidos en la lánguida penumbra del molino y llamada por la curiosidad, Maruxa trataba de discernir entre las sombras los rasgos de la faz que, bajo aquella túnica, se encontraban.

Con unas profundas creencias animistas heredadas de los pueblos prerromanos, estas se mantendrían vivas en las tradiciones hasta épocas recientes.

Aquel hombre, sin mediar palabra, comenzó a sacar babosas de uno de sus bolsillos mientras las insertaba en una fina y afilada vara de avellano. Ante su mirada atónita, aquel extraño comenzó a asar las babosas en el fuego de la hoguera. Pasado un rato, que para ella se había convertido en una eternidad, el hombre cubierto por aquella túnica se puso a comer de las babosas que había asado. Fue entonces cando Maruxa pudo ver algo extraño bajo el capuchón que ocultaban su rostro. Era la imagen de un ser espectral, de sus ojos vacíos emanaba una pálida luz rojiza y, en su boca, unos dientes desfigurados y largos masticaban aquello que había asado. Mientras observaba aterrada, una voz desgarradora e infernal salio da su garganta diciéndole:

“Asadas y revueltas, Maruxiña… ¿Quieres de ellas?”

Maruxa, presa del pánico, huyó de aquel lugar por el tortuosos camino de vuelta a casa y dejando tras de si, la molienda por terminar y su mula bajo el cobertizo del viejo molino. Sin perder ni un solo instante de mirar hacia atrás, tropezando con cada piedra oculta por la oscuridad, corrió sin detenerse un solo momento hasta que, ya próxima a su pueblo, vio, entre los castaños que custodian el camino, la silueta de un hombre que por él bajaba. Por un momento, sus temores se aliviaron al creer que aquella era la silueta de su esposo que había salido a su encuentro.

“Ay mi esposo querido, regresa conmigo a casa que el demonio queda en el molino. Vi como sus ojos brillaban con un color rojizo, le pude ver sus dientes largos y deformes, vi como asaba…”

Aquel hombre que estaba ante ella, y a quién le relataba nerviosa lo que había visto, comenzó a erguir su cabeza. A medida que la levantaba, Maruxa se quedó sin habla al volver a ver aquellos ojos vacíos que brillaban con una pálida luz espectral. Paralizada por el panico, aquel ser le mostró sus dientes mientras le decía con su desgarrada voz:

Tras la puesta del Sol, almas en pena y otros seres infernales, vagaban por las venas de la noche

¿No serían estes los dientes Maruxiña?…

Con el corazón en un puño, Maruxa emprendió de nuevo una carrera sin tregua hasta poder resguardarse dentro de su casa colgando, tras del postigo de la puerta, una herradura que protegiese a todos los suyos de tan espectral demonio.

Anonimo

“Leyendas de la comarca de San Andrés, en el Concello de As Nogais”

“O Apalpador (Palpa Barrigas)”

Con el neocolonialismo americano y la avalancha de costumbres extranjeras, nuestro patrimonio cultural se ha visto invadido por tradiciones ajenas que desplazan a las nuestras ayudadas, a su vez, por agresivas campañas publicitarias.

Fruto del consumismo, personajes como Papá Noel, invaden nuestras tiendas cada año dándoles ese ambiente ideal para incentivar nuestra creciente visión materialista del mundo. Cabe decir que, la imagen que hoy tenemos en mente de Papá Noel vestido de rojo y larga barba, no es otra que la de un anuncio de Coca Cola de los años 20.

“Coca-Cola explicó que el origen de su publicidad navideña comenzó en la década de los años 20. Esta empresa, afirmo, que aprovechó la popularidad que tenía Santa Nicolás para relacionarlo con la campaña que tenían entre manos.”

Aunque sea digna de alabar a la nobleza de San Nicolas, no lo son en la medida las agresivas estrategias de marketing orientadas a las fechas navideñas y su potencial para desgarrar tradiciones propias. El mismo Imperio Romano, como el cristianismo, fueron verdugos de tradiciones ancestrales.

Tratando de darle un enfoque más cercano a dichas campañas y con un personaje local, desde hace algún tiempo se intenta hacer llegar en Galicia la figura del “Apalpador”, “Palpa Barrigas” en las comarca de Ancares, en substitución del ya conocido personaje mediático. Pero, ¿Qué era el Apalpador?

El 31 de diciembre vendría por la noche incordiar a los niños que hubiesen comido bien

Por lo que yo mismo recuerdo, el Apalpador o Palpabarrigas era un semi-demonio de las tradiciones ancestrales que, si no cenábamos bien, vendría por las noches a darnos pinchazos en la tripa. Hoy, es ese mismo demonio que, por las noches, tortura a todos aquellos que se se someten a una dieta para la operación verano.

Según la tradición, el día de noche vieja y para poder dormir bien, los niños debíamos dejar un vaso de leche y un puñado de castañas a un lado de la cama. Esa noche, aún no cenando lo debido, nos dejaría dormir tranquilos al ver que teníamos comida al lado de nuestra cama.

Hoy se desea de hacer ver como un ser cercano que premia a los niños buenos y, aunque lo que la tradición dice sobre el personaje no es del todo cierta, el rescatar de referente a un duende de nuestra tierra que ya cabe perdido, puede ayudar a mantener vivo un poco de nuestro legado.

Dicho esto, os invito a comentar y compartir, ya que vuestros comentarios pueden ser de gran ayuda para otros artículos.

Mitos y Leyendas: “La Santa Compaña”

Siendo la base para innumerables leyendas de la cultura popular de Asturias y Galicia, la Santa Compaña dejó su impronta en gran parte de aquellos relatos populares en donde, el temor a lo inexplicable, se entrecruzaba con la herencia de unas creencias ancestrales gobernadas por un alo que cabalgaba entre lo mágico y lo mitológico.

Legado de las creencias animistas de los pueblos prerromanos que, dada su apariencia mística, la hizo emparentar con el cristianismo. La Santa Compaña es el apelativo en el que se engloba las leyendas populares sobre aquellas misteriosas procesiónes de almas en pena, que recorrían los caminos en la noche, y de las experiencias de aquellos que, con ellas, se cruzaban. En resumen, es la herencia milenaria de una tradición pagana que nada tiene de Santa y menos de cristiana.

Almas en pena que recorrían los caminos cada noche

Así pues, desde la media noche, los caminos quedaba bajo el dominio unos seres espectrales que se decía mostraban una piel palida mientras, vestidos con sudarios y a la luz tenue de las velas, recorrían las comarcas hasta la proximidad del alba. Muchas eran las advertencias y consejos para evitar encontrarse con ella en la oscuridad de la noche. Aquellos espectros, caminantes descalzos que arrastraban cadenas y que, en ocasiones, hacían sonar campanillas, tenían el poder de condenar a los atrevidos que los pertubase, a vagar con ellos cada noche  por toda la eternidad.

Leyendas arraigadas en la cultura popular, perpetuadas de padres a hijos, eran relatadas durante las largas y frías noches de invierno al calor de las chimeneas. De aquellas historias, en Ancares quedaron relatos tales como el de Xán García, Juan García. Relatos que, contados en la penumbra de las hogeras, causarian la fascinación, el temor y la curiosidad de aquellas gentes que las escuchaban y que, aún hoy en día, hace palidecer.

“Xán García, era un hombre intrepido, de complexión fuerte y sin temores. Dado a los ambientes nocturnos, y reacio a creerse las historias que, sobre los espiritus de la noche, se contaban. Nada mundano le hacía perder su compostura para aventurase en la oscuridad de los caminos a altas horas de la madrugada e ir de unos lugares a otros. A su parecer, todo aquello que se contaba sobre fantasmas, almas en pena o seres de otro mundo, eran tan solo los cuentos perfectos para asustar a los niños.

Harto de desdeñar los consejos del párroco y haciendo oidos sordos a lo que los vecinos le decían. Una oscura noche de Todo los Santos, se fue al festejo que habían organizado en un cercano pueblo de la comarca. Disfrutando del festejo desde el atardecer y hasta altas horas de la noche, permaneció en el lugar para luego, terminada la fiesta, emprender el camino de regreso a su casa. Un único camino que, forzosamente, lo llevaría a pasar frente a la puerta del cementerio de la parroquia.

Desesperada su familia ante su tardanza, con la primera luz del día se echaron en su busqueda a la vez que se escuchaba tañir las campanas de la iglesia. Camino abajo, vieron venir a un vecino al que le preguntaron porque tocaban las campanas. El vecino, asustado, les dio el aviso de que el parroco quería verlos y que se presentasen cuanto antes ante la puerta del campo santo.

Llegados a las proximidades del lugar, se toparon con el párroco que, entre la confusión y el horror, los acompañó hasta la entrada del cementerio. Flanquedas por un grueso muro de piedra, de las dos pesadas puertas de madera de roble que lo cerraban, pendía el cuerpo de Xán García, colgado en cruz de sus brazos y con un mensaje escrito con su propia sangre.

“Xán García, andiveras de día que a noite é miña”

Por ello, si en la noche vais por un camino y a lo lejos la veis venir, haced un circulo en el suelo y dentro de el una cruz que señale con sus brazos al norte, al sur, al levante y al poniente. Luego entrad dentro de él y colocaos en su centro mirando al sur con con los brazos extendidos y, mientras esta pasa a vuestro lado, recitad en voz alta: Tócavos a vos, levade a cruz, que eu xa a teño.”

Mitos y Leyendas: Diosas Lunares (Leyenda do Chao das Olas)

Decía Plinio el Viejo en uno de sus escritos sobre los cultos de los pueblos galaicoasturianos:

“…Nada tienen más sagrado que el tejo y el roble. Eligen los bosques de estos árboles para hacer sus ritos, que no hacen si los árboles no tienen hojas… tras preparar sus sacrificios y el banquete bajo los árboles, traen dos terneros blancos sin cuernos. Con su túnica blanca un druida sube por un árbol para cortar tejo con su hoz de oro, otros lo reciben. Después matan a los terneros en sacrificio y piden la recompensa posterior a sus dioses…”

Diosa lunar de los pueblos celticos, pierde sus inicios en los pueblos indoeropeos. Nombre que perdura en la geografía, su nonbre se encuentra ligado a fuentes y ríos

Cuenta la leyenda que, a traves del tiempo se ha conservado, sobre las crestas rocosas próximas al castro de San Andres, en  As Nogais y durante las noches de luna llena, una dama vestida de túnicas blancas y acompañad por lobos, se aparecía sobre ellas para cantar asturianas a la Luna. Mientras su belleza era iluminada por la tenue luz plateada, sus cantares eran acompañados en coro por los aullidos de los lobos que con ella iban.

Diosa del panteón celta y de los pueblos galaicoasturianos, Deva era comparable  a la representación de la diosa Gea en Grecia clásica.  Madre de todos los dioses y de naturaleza acuatica, Deva era vinculada a fuentes y ríos por ello, su nombre, perdura hoy en la toponimia dando nombre a estos accidentes geográficos entre otros.

Madre de los dioses del panteón celta, vinculada a las aguas y al curso de los ríos

Perdida su relación  con las antiguas divinidades célticas, era conocida entre las gentes del lugar, como la dama o la señora.

Cantigas y Romances : “Adios valle de Ancares”

A lo largo de los años, una sangría imparable de gentes tuvo que vender su alma al diablo de la emigración. Sangría incesante que condenaría a la comarca de Ancares al abandono, como uno de tantos lugares a lo largo y ancho de Galicia. Entre las lágrimas, la nostalgia, la tristeza y la esperanza de una vida mejor en otras tierras lejanas, muchos fueron los que, tomando pobres maletas de madera o simples atijos, dieron el primero de los muchos pasos que los seguirían.

Unos partieron más allá de los mares, otros más allá del pequeño mundo que conocían. Todos ellos,  con el pesar de haber dejado atrás a su tierra y a sus seres queridos que, algún día, volverían a ver o… quizá no. Ancares, su comarca, hoy sigue sangrando y, cada día que pasa, cada generación que se va, diezma sus aldeas. Pueblos y gentes que, junto a su historia y tradiciones, ven sobre el horizonte el final de un rincón milenario.

Ancares

-Adeus val de Ancares
adeus che digo,
Adeus árbores verdes
de xunto o río
a vin chorando…
A vin chorando e dixen
¿Por quén suspiras?
-Teño o amor ausente 
i estou chorando 
a despedida..
-A despedida é corta
a ausencia larga,
quero que te divirtas 
e no me esquezas
prenda da ialma…

La Leyenda de las Herraduras

Simbología de origen romana. Posiblemente reutilizadas estas de una mansión o villa romana que estubo próxima a aquella zona

La curiosidad de los niños, a diferencia de la de sus mayores, pueden ser contentada con una inocente respuesta. Ha sido, nuestra curiosidad, la que nos ha traido a lo que hoy somos. Una curiosidad innata que nos lleva a preguntar sobre aquellos pequeños detalles que, el cuestionado, posiblemente sepa tanto como los mismos niños que lo interrogan. Una de esas curiosidades que traía de cabeza a los peques de la parroquia de Santo Adre en As Nogais y, con ello, a su párroco, era la de saber el significado de unas curiosas marcas que estan grabadas sobre algunas de las piedras que flanquean la puerta de la iglesia.

Cando los chicos se dirigían al sacerdote para preguntarle sobre el significado de aquellas extrañas marcas en forma de herradura, unas puestas en un sentido y otras en otro, este les respondía contándoles una hermosa fábula que cautivaría a los niños, saciando así su curiosidad:

“Despues de nacer Jesus en el portal, y tras haberse enterado Herodes de tan extraordinario evento, este dio la orden de matar a todolos pequenos nacidos en aquellos días, por el temor a perder su trono en el futuro. Al saber José y María de esta orden del Rey Herodes, y para proteger a su hijo, hulleron de aquel portal en donde el niño había nacido y en donde había sido adorado por reyes. Con María y su hijo a espaldas del borrico, y tras caminar una legua, cayeron en la cuenta que las marcas que iban dejando las herraduras tras de si, también dejaban un testigo de la dirección en la que ellos huían.

Llegados a una herrería, pidieron ayuda a un herrero para que cambiase el sentido de las herraduras al asno y, de ese modo, intentar desorientar a los soldados que los pudesen llegar a perseguir. Echados de nuevo al camino, las herraduras do borrico dejarían tras de si un falso rastro en sus pisadas que les ayudaría a despistar a sus perseguidores y, a su vez, poner a salvo al Hijo de Dios.”

Relato contado a los niños por D. Manuel Vidal Roca, párroco de Santo André durante la segunda mitad del siglo XIX.

“Contos, Pontes e Pousadas no Camino Real de Acceso a Galicia”

La construción de caminos siempre fue, y  aún es, una tarea enormemente compleja porque implica intervenir directamente sobre el territorio y proceder a sú modificación. Una transformación que requiere un completo conocimiento del territorio pero también la delimitación clara de los objectivos a alcanzar. Pues bien, estas dos premisas no se alcazaron durante buena parte de la historia de la humanidad. De hecho, antes del siglo XVIII tan solo Roma fue capaz de llevarlas a cabo implementando una red de casi 100.000 km que aseguraban un completo control del territorio tanto militar, como comercial.

Una de las joyas de las obras civiles que fueron llevadas a cabo durante la ilustración, fue usada como puente para la Nacional VI (antigua de Carlos III) hasta hace pocos años. Con más de dos siglos sobre sus piedras, sigue hoy haciendo las funciones que le fueron asignadas, con estoica solidez.

Durante a Edad Media y Moderna tan solo se modifica el territorio a través de la agricultura pero no con los camiños. Las intervenciones sobre las rutas terrestres, se limitában a la mejora de los pasos difíciles, la construción de un puente o a las pequenas reparaciones y rectificaciones de sección y trazado, pero no había una planificación a nivel de estado. Esta ausencia se debe a varios factores dependiendo de la época pero los podemos resumir en tres:

1. Inexistencia de estado en determinados momentos,

2. Desconocimiento de los territorios y, por lo tanto, incapacidad técnica.

3. Falta de visión económica al desconocer la estrecha relación existente entre camino y desarrollo comercial.

El panorama cambia completamente a mediados del siglo XVIII con la llegada al trono de Carlos III (1759-1788) y, de seu hijo, Carlos IV (1788-1808). El culpable del cambio fue la Ilustración, un pensamiento que se estendía por Europa como un reguero de pólvora y que prometía el uso de  la razón para mejorar la vida. Los reyes lo adoptaron con premura y como unha forma de afianzar su poder absoluto pero disfrazado como un medio para incrementar la riqueza do reino e lograr la felicidad y el bienestar de sus súbditos. Así apareció el rey déspota ilustrado que iba emplear su poder junto con las luces de la razón y los adelantos de la época para impulsar las reformas que transformasen la mala situación vigente. Pero, para hacer esto, se consideraba que no era necesario contar con las masas, ya que se presuponía que, la miseria e ignorancia en que vivían, les impedía conocer cuales eran los remedios para resolver su patética situación. En consecuencia, el rei haría lo de sempre, lo que le diese la gana y bajo el lema:

“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo.”

Articulo, traducido al castellano, del Doctor en Historia Antigua Javier Gómez Vila