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Las Peregrinaciones: Origen

Desde la antigüedad, las peregrinaciones a los lugares de culto, formaron parte de las diferentes culturas que se sucedieron. Entre un amplio abanico de razones que impulsaron a las gentes a iniciar el viaje a dichos lugares, en tan solo tres se podrían ver resumidas todas ellas: Lugares que, por alguna circunstancia extraordinaria, fueron considerados sagrados, o sacralizados. Gentes, o grupos de gentes, que comenzaron a desplazarse hasta dichos lugares y, o bien la esperanza de estos, de obtener por el viaje una recompensa, o bien de rendir tributo por un favor que considerando cumplido, pudiendo ser estos favores de carácter tanto material, como espiritual.

El origen de los lugares de culto, es tan antiguo como el ser humano. Desde rudimentarias construcciones, hasta la compleja exquisitez de las catedrales, se hace patente una evolución de las técnicas paralelas estas a la evolución de los conocimientos en la misma especie.

Perdiéndose sus orígenes en la noche de los tiempos, las peregrinaciones crearon en torno a sus rutas una intrincada red comercial de posadas, tiendas y pequeños templos secundarios que hacían más llevaderas las idas y venidas de los peregrinos que recorrían dichos lugares. El fenómeno social de las peregrinaciones, no tiene nada de novedoso. Los registros más antiguos de los que se tiene constancia escrita, se encontraron en la ciudad estado de Ebla. Ubicada en la actual Siria, en la ciudad estado semítica más antigua del oriente próximo, se encontraron miles de tablillas datadas en el 3.000 A.C. Tablillas en las que, a parte de hacer mención a los tratados a los que se llegaba con otras ciudades vecinas, también hablan de sus dioses, de sus sacerdotes, de sus templos y de las ofrendas que los peregrinos, llegados de cada rincón de su territorio, dejaban a los dioses en sus templos.

Desde los limbos con la prehistoria, nos llegan datos de que, las peregrinaciones, formaron parte de todas las culturas que, desde entonces, se han sucedido.

Dicha actividad humana, ya registrada hace más de 5000 años, deja clara una profunda vinculación entre la vida cotidiana y la vida espiritual de los pueblos a través del tiempo. De aquella época, también se tiene constancia de haber lo que se podría definir como una doble peregrinación. Una peregrinación que iba desde los distintos lugares del país, a la capital y una segunda que iba desde la capital, hacia las periferias. Peregrinación, esta última, en donde los símbolos de sus deidades, eran llevados a los pueblos para que las gentes pudiesen rendirles culto y solicitar de ellas los favores. No hace muchos años y guardando una ligera semejanza, las imágenes de santidades, como la Virgen María o San Antonio, recorrían en peregrinación los hogares de algunos pueblos. Imágenes que, portadas en un pequeño oratorio de madera, peregrinaban de casa en casa cerrando un circuito que se repetía año tras año.

Por una tradición, que se pierde en la memoria, al pueblo de Vilavexe se celebra una peregrinación en los días de San Antonio Abad y San Antonio de Padua los días 17 de enero y 13 de junio respectivamente

Sin contar la peregrinación por excelencia a Santiago de Compostela, cuyo tránsito por la comarca de Ancares es de paso obligado, otras pequeñas peregrinaciones a santuarios locales fueron y son llevadas a cabo por los vecinos de esta comarca. Pequeñas peregrinaciones que, para el sentir de unos lugareños, tenían igual valor a sus creencias que un peregrinaje a Tierra Santa. La peregrinación al santuario del Cebreiro los días siete y ocho de septiembre, la peregrinación a la capilla de San Antonio en Vilavexe los días diecisiete de enero y el trece de junio o la romería a la capilla de San Lázaro en Pena do Pico en Becerreá, cubrían unas necesidades espirituales de unas gentes que, atadas a sus trabajos de Sol a Sol, no dispondrían, ni del tiempo, ni de los medios, para embarcarse a un viaje que podría llevar días.

Aparentemente actuales estas últimas, sus orígenes tampoco se puede decir que nos lleguen de épocas próximas en la línea tiempo. Algunas de las viejas capillas o iglesias que están dispersas por nuestra geografía, fueron construidas próximas a antiguos enterramientos o a lugares que habían sido zonas de culto desde una época ancestral, cristianizando con ello los cultos paganos que en el lugar se llevaban a cabo. A su vez, serían estos templos construidos en sus proximidades, los que habrían de hacer la labor de mantener vivas unas tradiciones bajo una nueva forma, pero con igual fondo. Una espiritualidad, que nos llega desde los albores del tiempo y que formó parte de cada una de las culturas que, desde que el hombre existe, se sucedieron.

Los caminos a través de Ancares

Muchas fueron las sendas que el hombre seguiría en sus desplazamientos desde la antigüedad. Algunas de ellas permanecerían a lo largo de los siglos como los caminos que hoy conocemos. Otras, relegadas al abandono, se perderían para siempre. De una forma u otra, senderos, caminos y carreteras, formaron parte del motor de las civilizaciones que se sucedieron a lo largo de la historia. Entre ellas, sería la romana la que, a través de sus caminos empedrados y magníficos puentes, nos traerían al mundo en el que hoy vivimos.

El pasado veintisiete de mayo, el Doctor en Historia Antigua y estudioso de estas rutas, Javier Gómez Vila, nos ofreció una charla en el Centro Sociocultural de As Nogais sobre la evolución de los caminos a través de la comarca de Ancares y de como estas rutas evolucionaron a lo largo del tiempo. Militares y comerciantes, viajeros y peregrinos llegados de otras tierras, contribuyeron a una riqueza cultural de la que hoy somos sus herederos.

La comarca de Ancares, lugar de angostos valles y de montañas indómitas, ofrecía pocos lugares para abrir pasos desde el este a la antigua Galaecia. Uno de estos pasos, lo abriría el valle del Valcarcel para, alcanzado un lugar de elevación media en Piedrafita, dar acceso al valle del Navia y, a través de él, a la Galicia interior. Serían los ejércitos romanos, los primeros que llegarían a estas tierras dejando tras de sí sus calzadas. Precursoras de las modernas carreteras, las calzadas romanas formarían parte de un complejo entramado que mantendría vivo a un imperio por más de cinco siglos.

Es común creer que, tras la construcción de las vías, estas quedarían establecidas a perpetuidad, algo poco común en nuestros dias. Lo cierto es que no es así, como bien fue aclarado durante la conferencia que Javier Gómez Vila nos ofreció, ninguna carretera ha permanecido inalterable durante siglos. Condicionadas a las necesidades del momento, por razones logísticas o bien comerciales, las vías de comunicación sufrirían, a lo largo del tiempo, modificaciones en su itinerarios. Tales variaciones en los trazados, hoy en día siembran dudas sobre cual de ellas pudo ser la primera que dio origen a las sucesivas.

Tras la caída de Roma y durante el medievo, gran parte de este entramado de vías cayó en el desuso para luego quedar relegadas al olvido. Siendo substituidas por los caminos que, desde la antigüedad, interconectaban a los distintos pueblos del lugar, las necesidades para las que las vías romanas habían sido construidas, quedaron relegadas a un segundo plano. Tras la expansión del cristianismo por Europa y la nueva de que había sido hallada la tumba del Apóstol Santiago, algunos de estos caminos serían tocados por la bendición de un tránsito de peregrinos que, yendo de lugar en lugar, los conduciría a las puertas de Santiago de Compostela. Entre estos caminos de peregrinaje dejará su sello en la comarca de Ancares, y en particular, en el Ayuntamiento de Piedrafita del Cebrero, el Camino Francés.

En la ya baja Edad Media y a las puertas del renacimiento, sería un monje alemán, Hermann Küning, quien dejaría escrito en un libro dirigido a los peregrinos, una ruta alternativa al camino francés a través de la comarca de Ancares. Dicha ruta, que ha sido cuestión de debate en los últimos tiempos y en cuanto a su recorrido por la comarca se refiere, está ligada a los caminos medievales que discurrían siguiendo el valle del Navia hasta alcanzar la abadía de Pena Mayor.

Monje alemán del convento de Vach, Küning decidió hacer el Camino de Santiago en solitario. Camino del que, tomando notas de los lugares por los que pasó en un diario, quiso dejar este como guía a los futuros peregrinos que hiciesen el camino. Pocos son los datos que deja de su paso por las comarcas de Piedrafita y As Nogais. Según Javier Gómez Vila, las sendas seguidas por este monje desde que tomó su desvío, fueron aquellos caminos medievales próximos al trazado romano que lo apartaron de las inclemencias de la montaña, llevándolo por lugares carentes de detalles lo suficientemente relevantes como para dejar en su guía constancia de ellos. Tal ausencia de pistas, lleva a la conclusión de que, su recorrido, no siguió sendas que transcurriesen por lugares con matices destacados, como castillos o posadas, dignos estos de ser anotados en su diario, hasta su llegada a lo que bien pudo ser el Convento de Pena Maior y, desde él, a Lugo.

Siglos más tarde, con la ilustración, Carlos III llegaría con la intención de desarrollar una red viaria en la que, el ingeniero francés Lemaur, fue parte fundamental para el estudio del trazado que cruzaría de estas tierras. Lemaur, buscaría en el lugar los restos de la antigua vias romana para que, su recorrido, fuese, sino el mismo, uno próximo a esta. De los resultados de la búsqueda que Lemaur realizó en la comarca para encontrar vestigios de esta antigua via, Javier Gómez Vila hace mención a una de las cartas que, dicho ingeniero francés, había enviado al Rey Carlos III y en la que, con un notable orgullo, se hacía eco de haber hallado los restos de la antigua vía romana. Dicho camino Real, del que se conservan hoy en día una buena parte de su trazado a través de la comarca, marcó el renacer de las antiguas vías y, con ellas, su evolución posterior a las autovías y carreteras que hoy disponemos.

Danzas, Musica y Tradiciones: A.C. Abrente

Como elegante broche para el cierre de un evento, nada mejor que el buen gusto con el que, esta asociación cultural, cuida de guardar las danzas y la música tradicional que las acompañan. Gracias a su desinteresado trabajo, una pequeña gran parte de la cultura de Ancares permanecerá viva.

Los ritmos, la música, las danzas tradicionales, esa parte esencial del sentir de un pueblo que perduraron durante milenios, hoy son silenciados por la agresividad de un mercado que trata de imponer como propio, aquello que es ageno a nuestra tierra. Empujados por lo exótico de las novedades, vamos enterrando los tesoros que ha definido a nuestra milenaria identidad gallega.


La vida en los pueblos: Los Hórreos

En la comarca de Ancares, el típico hórreo gallego que está presente en buena parte de Galicia, no llegó a gozar del auge que había tenido en la franja atlantica. Los hórreos gallegos, usados para el secado de las mieses y, entre ellas el maíz, se ven desaparecer paulatinamente de la arquitectura local a medida que nos acercamos a las comarcas próximas a las riberas del Navia. Comarcas en donde, los hórreos gallegos, cambian de aspecto, para adquirir las multiples utilidades extra que aportaban, y aportan, los hórreos asturianos.

Usados como secaderos para las mieses, estas construcciones son típicas de la franja atlántica de Galicia

A diferencia del hórreo gallego, el asturiano puede ser considerado como una gran despensa de madera. Levantados sobre unos pilares que los aislan del contacto con el suelo, estas construcciones de las que, muchas de ellas, siguen hoy en día en buen huso, eran los lugares ideales tanto para guardar el grano de los cereales, como de diversas frutas y hortalizas así como, lo más importante, las carnes y embutidos obtenidos durante las matanzas. Productos a los que, el ambiente que estas construcciones dan en su interior, y en especial aquellos que se recubrían de paja, ayudarían a su posterior curación.

A diferencia de los hórreos de secado gallegos, el hórreo asturiano aportaba múltiples usos como despensa de las casas que los poseían

Usada para su construcción las maderas nobles del castaño o del roble, el hórreo de Ancares, y por ende el asturiano, en esencia se compone de un cuerpo de forma cúbica, cerrada por paredes de tablas verticales y con un techo que bien puede ser a cuatro aguas, si es de pizarra o teja, o bien de forma cónica si este está techado con paja de centeno. Dependiendo de su tamaño, estos se alzaban sobre cuatro o seis apoyos de piedra o madera en forma de conos truncados. Sobre dichos conos, que soportarían el peso total de la estructura, se colocaban losas circulares en posicion horizontal con el fin de proteger el almacén de los roedores. La altura de los pilares sobre las que estas construcciones eran eregidas, añadia un espacio extra bajo ellos que los hacía ser los garajes perfectos en donde se resguardarían de las lluvias a los carros, los aperos de labranza como los arados y a la leña que sería usada en los hogares.

Para accede al hórreo, se construían unas escaleras de piedra que, teniendo en cuenta a los roedores, quedaban separadas en altura de la puerta de acceso. Por ello, ante la puerta del hórreo, de viga a viga, se ponía una ancha tabla que era llamada ponteciela. Desde esta, se abría y cerraba la puerta del hórreo antes de descender a las escaleras. Las entradas a estas despensas, se orientaban hacia la zona mejor protegida de las inclemencias del tiempo para evitar la penetración de las lluvias bajo sus puertas. Aunque en el hórreo asturiano es común una puerta trasera para crear corrientes de ventilación, en los hórreos de la comarca de Ancares, se prescindía de ella haciendo de su interior un lugar de continua penumbra que, a su vez, evitaba la entrada de insectos mientras la puerta permanecía abierta.

Los techos de paja, a diferencia de los de losa o teja, daban una continua ventilación y el lugar perfecto para el curado de las carnes al aire de las montañas de Ancares.

Una notable la particularidad de estos hórreos es que, según su diseño, podían ser trasladados de un lugar a otro dada la facilidad a poder ser desmontados. Las piezas de madera que forman su cuerpo, no hacen uso de ningún tipo de clavo. Las piezas de madera que los dan forma, se ensamblan entre sí por medio de canales, engarces y guías.

Los hórreos de mayor tamaño eran llamados paneras. Con planta rectangular, los hermanos mayores de los hórreos eran bien propiedad de los pazos, o de casas con grandes extensiones de sembrado y lejanas de la idea general del minifundio que se asocia a Galicia. Despensas del pasado, muchos de estos hórreos, siguen hoy dando el ambiente típico a los pueblos de las montañas del noroeste de Galicia y, por extensión, a las comarcas del cantabrico astur.

Mitos y Leyendas: “A Casa do Regueiro da Lomba”


Tras la caída del Imperio Romano, una larga sucesión de siglos tan tenebrosos como las mismas leyendas que de ellos afloraron, se sucederían a lo largo y ancho de Europa. Había nacido la Edad Media. De entre sus idas y venidas, regidas por un ciego fanatismo, también surgiría lo que sería uno de los engendros más perturbadores creados por la mente humana: La Santa Inquisición.

Una de estas historias, nos lleva en el tiempo a mediados del siglo XVI. A un rincón de las montañas de Ancares próximo a As Nogais. Un rincón en donde, una familia, vivía en paz en una apartada casa. Una modesta palloza, próxima a un arroyo que, entre los lugareños, era llamada “A Casa do Regueiro da Lomba”

Dedicados a sus quehaceres, la familia que allí habitaba, estaba formada por un matrimonio y sus dos hijos que, cada día, luchaban por subsistir bajo el yugo del aun vigente feudalismo. Aunque, algo especial, hacía diferente a esta familia de las demás.

Conocedora de los secretos de las plantas, además de sus menesteres como campesina, la esposa del labrador también dedicaba parte de su tiempo a las labores de sanación con los vecinos que iban a visitarla, bien para pedirle remedio, bien para pedirle consejo, o bien para ambas cosas. Viendo crecida su fama en el lugar, y llegada esta a oidas del párroco de la comarca, no tardo este en informar a sus superiores para, a su vez, pedir consejo.

A la vista de que, aquella diabolica mujer, era conocedora de tan infernales artes, los superiores del párroco no dudaron en dar aviso al la Santa Inquisición. El Brazo Secular, en sus sabias decisones, procedería con dicha persona en la medida de lo correcto para corregir y enderezar tal heregía.

Una noche de invierno de 1540, aquella familia sería apresada desapareciendo todos ellos para siempre. Su casa al abandono y sus tierras confiscadas, dejaron tras de si una huella en la memoria de las gentes que, hasta hace poco tiempo, aún susurraban con temor sobre los horrores que pudieron haber aconteció a aquella humilde familia en las carceles de la Santa Inquisición.

Las paredes ruinosas de la casa que les dio cobijo, aún siguen en el lugar a la espera de que retornen aquellos que nunca regresarán.

Mitos y Leyendas de Ancares: Os Renubeiros

Entre las muchas leyendas heredadas de los pueblos prerromanos, la de los Renubeiros en Ancares o Nuberus en Asturias es, posiblemente, una de las más ancestrales. Se decía sobre estas entidades, que poesían unos poderes especiales sobre el dominio de las nubes y las tormentas. Con poderes equiparables el Odín de los pueblos bálticos, los Renubeiros podían ser, tanto benefactores al liberar mansas las lluvias, como desoladores al desatar toda la fuerza indomita de la naturaleza.

El poder de las tormentas estaba en manos de los Renubeiros que bien podían liberar toda su furia o controlarla.

Muchas son las interpretaciones y retoques esteticos que, a través de la tradición popular, se le fueron añadiendo al mito. Cabe señalar que, en algunos lugares de Asturias y Galicia, se decía que eran seres con la apariencia de ancianos desaliñados que, cuando bajaban a tierra y por azar, podían ir junto a alguien a pedirle un favor. De ser el favor cumplido, las lluvias posteriores serían mansas y benefactoras. De no haber recibido el favor, por desdeño de estos entes, desencadenarían toda su ira en forma de desoladoras tormentas y vendavales.

En la comarca de Ancares, estos semidioses ancestrales, se decían que eran unos seres de apariencia humana, ataviados de túnicas blancas y poseedores de unos libros en donde estaban escritos todos sus conocimientos para guíar a las nubes cual rebaños.

Sobre las nieblas dispersas que recorren las montañas ascendiendo hacia el cielo, se creía que iban los Renubeiros.

A lomos de los llamados burros de niebla, bajarían a tierra leyendo su libro de mantras al revés. Llegados a tierra, estos burros de niebla cargarían con más agua para alimentar a las demás nubes de su rebaño y, de ese modo, proseguir con su trabajo de esparcir las lluvias. Para volver ascender, los Renubeiros leerían su libro de mantras al derecho iniciando un lento ascenso mientras, sus monturas, recorren las vertiente de las montañas.

Segun la tradición de esta comarca son, aquellos lugares de las sierras en donde descargan los relampagos con mayor frecuecia y en los lugares en donde brotan las fuentes, los lugares en donde estos seres se apeaban de sus jumentos para descansar.

Hasta no hace mucho tiempo, era comun la advertencia a los jóvenes de no acercarse a uno u otro lugar en donde los Renubeiros tomaban tierra. Entre lo mitológico y lo mundano, fue una forma de evitar posibles tragedias humanas señalando los lugares en donde frecuentaban caer fuertes descargas eléctricas durante las tormentas.

Árbol sagrado desde la antigüedad, sus ramas, al igual que las de olivo en otros lugares, son llevadas a bendecir durante la misa del Domingo de Ramos. Partes de estos ramos benditos eran quemados durante las tormentas para alejarlas a del lugar.

Ante la inminente llegada de las tormentas guiadas por los Renubeiros, en algunos pueblos de la montaña era de tradición tocar las campanas de las iglesias cuando, el aspecto que esta daba, parecía traer una verdadera desgracias consigo. Se creía que, las vibraciones de las campanas, evitarían que se formase el granizo que podría hacer peligrar las cosechas. Por otra parte, las gentes sacaban las hachas a las eras para que, colocándolas con el filo hacia arriba, amenazasen a los Renubeiros. A su vez, en las lareiras de las casas, se quemaban ramas del laurel que había sido bendecido el Domingo de Ramos. El humo del laurel bendito, se creía que alejaría del lugar a los Renubeiros y, con ellos, a sus rebaño de nubes amenazantes.

Fauna y Flora: “El Tejo”

    Tejo de Piornedo. Arbol posiblemente bimilenario, pudo ser testigo de las reuniones en torno él se celebraron.

Entre las especies arbóreas de los Ancares, se encuentra el tejo, o teixo. Uno de los árboles sagrados de los pueblos celtas, esta especie se caracteriza, entre otras facetas, de tener una longevidad que puede alcanzar los cinco mil años. Encontrándose algunos ejemplares milenarios de esta conifera, como el que se encuentra próximo en Piornedo.  En la antigüedad, y bajo la sombra de estos longevos árboles sagrados para dicha cultura, tenían lugar las juntas para hacer acuerdos entre los poblados o para las reuniones del consejo de los mismos poblados.

Asociado por sus propiedades al dios Belenus, cabe tener muy en cuenta que el tejo es un árbol venenoso en toda su extensión, hojas, corteza, savia y raíz. Se da cuenta de ello en los escritos de la epoca romana en los que nos cuentan, como los antiguos guerreros, reacios a ser esclavizados, llevaban consigo una poción venenosa hecha de este arbol para suicidarse en el caso de caer en manos de sus enemigos.

El fruto del tejo, a la par de pintoresco, es venenoso para muchas especies, entre ellas, la humana.

De la familia de las coníferas, el Taxus baccata, o tejo común, es un arbol que guarda una gran semejanza con el abeto. Su tronco, que puede llegar a medir mas de metro y medio de diámetro, puede alcanzar una altura con la que superar los quince metros. En los ejemplares que suelen alcanzar esta altura, sus ramas se hacen colgantes y muy extendidas.  Sus hojas, de forma lanceolada y de un color verde oscuro, se extienden en forma de espiral a lo largo de la rama.

Entre las curiosidades de esta especie, también esta su caracter dioico, aunque en raras ocasiones puede ser monoica. Estas coníferas, herencia del Jurásico, necesitan de un ejemplar macho y de otro hembra para llevar a cabo su fecundación. Floreciendo a principios de la primavera, su fruto quedará rodeado por una cúpula carnosa de color rojo a principios del otoño. Cada una de estas cúpulas contiene de entre cuatro a seis semillas que, a su vez, también son venenosas y  que tardan no menos dos años en germinar. Dichas dificultades biológicas tanto en su fecundación, como en su germinazación, así como su preferencia por los lugares poco soleados y húmedos, lo han llevado a quedar relegado a las zonas montañosas del norte, en donde aún quedan algunos pequeños bosques en las estribaciones de la cordillera Cantábrica, quedando la mayor parte de ellos dispersos por las montañas y cohabitando con otras especies autóctonas del lugar.

Fauna y Flora: “La Patata”

Con sus orígenes en las regiones montañosas de Chile y Perú, fueron estas cosechadas por los pueblos andinos, junto con el maíz, desde hace más de 8000 años. Descubiertas por Jimenez de Quesada en 1537 y presentadas a Carlos I por Cieza de Leon en 1560, no se documenta nada más sobre ellas hasta finales del siglo XVI. Siendo España, el punto de partida desde donde se extendería por Europa, este vegetal tan solo sería usado para fines puramente decorativos en jardines. Parte hoy casi indispensable de nuestra alimentación, la introducción de la patata en la agricultura occidental, no fue cosa fácil dada la fuerte oposición que los labradores mostraron hacia esta. Transcurrían más de cien años entre debates de si era, o no, maléfica, llegando a acusarla de ser portadora de la peste.

Por su floración, el primer uso que se le dio a las patatas fue el de planta ornamental en los jardines

Su cultivo en Galicia, durante la primera mitad del siglo XVIII, se vería ligado a una plaga que asolaba los castaños y diezmaba las cosechas de la castaña, alimento básico de los pueblos de Galicia en aquél entonces. La escasez de las cosechas, vendría sucedida de una hambruna que recorrería el país. Con la intención de paliar las carestías de la plaga, serían los monasterios feudales de la Galicia central los primeros en obligar a sus colonos a cosecharlas, a pesar de la oposición de estos a producir lo que ellos llamaban, “as raíz do demo”. Así pues, sería durante el siglo XVIII cuando, nuestro bien amado tubérculo, comenzaría su andadura por la provincia de Lugo.

Aunque hoy en día se puede decir de su uso cotidiano, durante años se cuestiono sobre el riesgo que podría conllevar el consumir aquellas plantas desconocidas. Llegando a afirmar sus detractores que tales raices eran portadoras de la peste que azotaba Europa.

Aunque su llegada a Vivero sería en 1736 y a la comarca de Villalba en 1760, no sería hasta la última década del siglo XVIII cuando esta nueva especie llegaría a la comarca de Ancares. Desconociendo las fechas en las que el tubérculo llegó a otras parroquias de dicha comarca, hay constancia de su llegada a la parroquia de San Andres en As Nogais en el año 1798. Siendo el primero en cosechar dichos tubérculos Francisco Lorenzo José de García, según constaba en los libros de registro del casar que regentaba. Sobre dicho administrador, cabe la leyenda familiar de que, después de haberlas sembrado ante la mirada atónita de las gentes, al estar estas ya en flor, los vecinos de una aldea próxima, llamada Castiñeiras, echaron sus rebaños de ovejas y cabras sobre los sembrados para destrozar la cosecha de aquella extraña planta. Más atónitos si cabe, cuando vieron que lo que recogían de aquellas plantas eran sus extrañas raíces para cargarlas en los carros llevándolas de vuelta al casar. Según contaban, aquellos vecinos indignados por el éxito de la cosecha, murmuraban entre ellos “Tanto se cargóu pra leira, como se levan pra casa”.

Con el tiempo, la patata pasaría de ser una raíz del diablo, a ser el substituto del grano de centeno y de la castaña en comidas tradicionales como el caldo gallego. Entrando a formar parte de los alimentos básicos, y aunque por sus orígenes, al igual que el castaño, no se trata de una especie autóctona, también entraría a formar parte de la biodiversidad de los cultivos en esta comarca.

De las Artes y los Oficios en Ancares: Los Caleros


Hasta hace pocos años, aún era bastante común ver como en cada pueblo había una serie de personas que, a parte de sus rutinas diarias con las labores de la tierra, desempeñaban oficios artesanos con un conocimiento heredado de maestros a alumnos desde tiempo inmemorial. Herreros, carboneros, carpinteros, canteros, alfareros, carboneros o caleros, formaban parte de los profesionales de una sociedad rural, hoy ya casi extinta y, en donde dichos oficios artesanos, han quedado relegados al abandono.

Desde la antigüedad, dentro de cada gremio, los conocimentos sobre el oficio a aprender, eran trasmitidos de maestro a alumno, perdurando estos oficios hasta épocas recientes en los pequeños núcleos

La historia que nos ocupa en este artículo es la de los caleros en la Comarca de los Ancares. Una profesión que hunde sus raíces en la época romana y perduró hasta la primera mitad del siglo XX, últimas en las que, la presión del desarrollo industrial abaratando los procesos de producción, dejaría a aquellas nobles profesiones relegadas al abandono y, por último, al olvido. Varios son los hornos caleros de los que hemos tenido constancia por orientación de los lugareños en las comarcas de Becerreá y As Nogais y, aunque las gentes de aquellos pueblos que disponían de estos hornos, saben de su paradero, no hemos podido encontrar un registro en donde se mencione de las comarcas que los poseían y del lugar en donde estos fueron ubicados.

Los hornos de cal de Vilar de Ousón y el de los Grovos de Cela en el concello de Becerreá, Los de Forcas y de Pena Blanca en A Ferreria en el Concello de As Nogais, así como otros que habrá dispersos por la comarca y de los que no hay referencias a su ubicación, formaron parte de una antigua industria local, nacida y heredada de la época romana, para cubrir las necesidades de los lugareños. Estos hornos, conocidos como caleros, caleiros, son ejemplos de una simplicidad eficientemente práctica, tanto en su diseño, como en su uso.

Con paredes de piedra de forma cilíndrica y de un diámetro que podría rondar los dos metros, llegaban a tener una profundidad de entre tres y cinco metros. Dependiendo de las necesidades del uso de las calizas en la zona, estos hornos podían ser tanto de carga continua, como discontinua. Terminado el proceso de calcinación, la cal viva era retirada por la parte inferior y, por ello, cabe destacar de que estas formas cilíndricas, eran enterradas en túmulos con el fin de evitar las pérdidas de calor, dejando abierto un paso a la parte inferior de la cuba en donde estaría el hornillo, lugar por donde se encendería el fuego que activaría el proceso y por el cual sería sacada la cal viva (óxido de Calcio) tras el proceso de calcinación.

Rellenos de capas.capas de caliza y carbón, estos hornos producirían la cal que, posteriormente, se usaría en las construcciones del lugar

Para llevar a cabo el proceso, la cuba era rellenada con capas alternas de carbón y fragmentos de caliza. Las temperaturas alcanzadas en el interior, que podían oscilar entre los setecientos y los novecientos grados centígrados, determinarían la calidad del producto obtenido. Dicha calidad sería menor cuanto menor fuese la temperatura que se pudiese alcanzar en el interior del horno. El proceso de calcinación podía durar hasta casi una semana y, el producto resultante, usado para una gran diversidad de aplicaciones que iban desde el preparado de tierras, hasta la preparación de argamasas o caleados de paredes y techos en la construcción. Repartidos estos a lo largo de las zonas de rocas calcáreas, quedan sus huellas como el pasado de una industria en continua evolución.

Fortalezas, Castillos: Sarracín

El Castillo de Sarracín sobre lo que fue el Castrum Sarracenicum, se encuentra custodiando una de las principales entradas a Galica, en el municipio de Vega de Valcarce, en los Ancares Leoneses. Su ubicación estratégica fue una pieza fundamental para el control de la entrada al reino de Galicia.

Construida esta fortaleza.sobre una anterior destruida por Muza es, hoy en día, de las más impresionantes que custodian la entrada a Galicia

Las ruinas de la fortaleza actual, se creen que son del Siglo IX. Las ruinas sobre la que esta fortaleza se enclavo, se cree que eran de un castillo que había sido arrasado por Muza en el año 714. La reconstrucción que dio pie al  actual castillo, se cree que no debio de ser realizada hasta después de la expulsión de los musulmanes de Galicia y León. Dicha época, podría situar su construcción hacia finales del siglo IX.

Algunos datos,  apuntan a que, la fortaleza de Sarracín, bien pudo ser levantada durante el reinado de Ordoño I (850), por el Conde Gatón, quien le dio el nombre de su hijo Sarracino Gatónez. Aunque, posiblemente, fuese edificado por el mismo Sarracino. Dichas conclusiones, situarían la fecha de su construcción  entre los años 852 y 885.

El Conde Gatón, se cree que pudo ser natural de las comarcas próximas a Triacastela. Este fue esposo de una hermana de Ordoño, D. Nuña. La proximidad familiar le sirvió para ser hombre de confianza de Ordoño para Galicia. Gatón fue el encargado de campañas en favor de los mozárabes de Toledo y la campaña que se llevó a cabo durante el año 863. Campaña  que terminó en una cruenta derrota en el desfiladero de Pancoro.

El Conde Gatón sería nombrado regidor de la comarca del Bierzo y encargado de repoblar el lugar para proseguir, posteriormente, con la zona de Astorga. Su hijo, Sarracino Gatónez y señor de Sarracín, en el 885 protagonizaría una rebelión en conjunto con Hermenegildo Pérez, hijo del conde Pedro Theón, contra Alfonso III,

A la muerte de Diego Rodríguez, conde de Castilla, brindaría la oportunidad a Alfonso III para llevar a cabo una maniobra que atajaría cualquier deseo de independencia o de cesión de más poder para aquellos hijos de los Condes que habían sido los hombre de confianza de Ordoño y Alfonso III. A su fallecimiento, Alfonso III dividiria el reino entre sus hijos. A Garcia le sería cedido el Reino de León y Castilla. A Ordoño le concedió el Reino de Galicia y a Fruela el Reino de Asturias