La vida en los pueblos: Los Hórreos

En la comarca de Ancares, el típico hórreo gallego que está presente en buena parte de Galicia, no llegó a gozar del auge que había tenido en la franja atlantica. Los hórreos gallegos, usados para el secado de las mieses y, entre ellas el maíz, se ven desaparecer paulatinamente de la arquitectura local a medida que nos acercamos a las comarcas próximas a las riberas del Navia. Comarcas en donde, los hórreos gallegos, cambian de aspecto, para adquirir las multiples utilidades extra que aportaban, y aportan, los hórreos asturianos.

Usados como secaderos para las mieses, estas construcciones son típicas de la franja atlántica de Galicia

A diferencia del hórreo gallego, el asturiano puede ser considerado como una gran despensa de madera. Levantados sobre unos pilares que los aislan del contacto con el suelo, estas construcciones de las que, muchas de ellas, siguen hoy en día en buen huso, eran los lugares ideales tanto para guardar el grano de los cereales, como de diversas frutas y hortalizas así como, lo más importante, las carnes y embutidos obtenidos durante las matanzas. Productos a los que, el ambiente que estas construcciones dan en su interior, y en especial aquellos que se recubrían de paja, ayudarían a su posterior curación.

A diferencia de los hórreos de secado gallegos, el hórreo asturiano aportaba múltiples usos como despensa de las casas que los poseían

Usada para su construcción las maderas nobles del castaño o del roble, el hórreo de Ancares, y por ende el asturiano, en esencia se compone de un cuerpo de forma cúbica, cerrada por paredes de tablas verticales y con un techo que bien puede ser a cuatro aguas, si es de pizarra o teja, o bien de forma cónica si este está techado con paja de centeno. Dependiendo de su tamaño, estos se alzaban sobre cuatro o seis apoyos de piedra o madera en forma de conos truncados. Sobre dichos conos, que soportarían el peso total de la estructura, se colocaban losas circulares en posicion horizontal con el fin de proteger el almacén de los roedores. La altura de los pilares sobre las que estas construcciones eran eregidas, añadia un espacio extra bajo ellos que los hacía ser los garajes perfectos en donde se resguardarían de las lluvias a los carros, los aperos de labranza como los arados y a la leña que sería usada en los hogares.

Para accede al hórreo, se construían unas escaleras de piedra que, teniendo en cuenta a los roedores, quedaban separadas en altura de la puerta de acceso. Por ello, ante la puerta del hórreo, de viga a viga, se ponía una ancha tabla que era llamada ponteciela. Desde esta, se abría y cerraba la puerta del hórreo antes de descender a las escaleras. Las entradas a estas despensas, se orientaban hacia la zona mejor protegida de las inclemencias del tiempo para evitar la penetración de las lluvias bajo sus puertas. Aunque en el hórreo asturiano es común una puerta trasera para crear corrientes de ventilación, en los hórreos de la comarca de Ancares, se prescindía de ella haciendo de su interior un lugar de continua penumbra que, a su vez, evitaba la entrada de insectos mientras la puerta permanecía abierta.

Los techos de paja, a diferencia de los de losa o teja, daban una continua ventilación y el lugar perfecto para el curado de las carnes al aire de las montañas de Ancares.

Una notable la particularidad de estos hórreos es que, según su diseño, podían ser trasladados de un lugar a otro dada la facilidad a poder ser desmontados. Las piezas de madera que forman su cuerpo, no hacen uso de ningún tipo de clavo. Las piezas de madera que los dan forma, se ensamblan entre sí por medio de canales, engarces y guías.

Los hórreos de mayor tamaño eran llamados paneras. Con planta rectangular, los hermanos mayores de los hórreos eran bien propiedad de los pazos, o de casas con grandes extensiones de sembrado y lejanas de la idea general del minifundio que se asocia a Galicia. Despensas del pasado, muchos de estos hórreos, siguen hoy dando el ambiente típico a los pueblos de las montañas del noroeste de Galicia y, por extensión, a las comarcas del cantabrico astur.

Mitos y Leyendas: “A Casa do Regueiro da Lomba”


Tras la caída del Imperio Romano, una larga sucesión de siglos tan tenebrosos como las mismas leyendas que de ellos afloraron, se sucederían a lo largo y ancho de Europa. Había nacido la Edad Media. De entre sus idas y venidas, regidas por un ciego fanatismo, también surgiría lo que sería uno de los engendros más perturbadores creados por la mente humana: La Santa Inquisición.

Una de estas historias, nos lleva en el tiempo a mediados del siglo XVI. A un rincón de las montañas de Ancares próximo a As Nogais. Un rincón en donde, una familia, vivía en paz en una apartada casa. Una modesta palloza, próxima a un arroyo que, entre los lugareños, era llamada “A Casa do Regueiro da Lomba”

Dedicados a sus quehaceres, la familia que allí habitaba, estaba formada por un matrimonio y sus dos hijos que, cada día, luchaban por subsistir bajo el yugo del aun vigente feudalismo. Aunque, algo especial, hacía diferente a esta familia de las demás.

Conocedora de los secretos de las plantas, además de sus menesteres como campesina, la esposa del labrador también dedicaba parte de su tiempo a las labores de sanación con los vecinos que iban a visitarla, bien para pedirle remedio, bien para pedirle consejo, o bien para ambas cosas. Viendo crecida su fama en el lugar, y llegada esta a oidas del párroco de la comarca, no tardo este en informar a sus superiores para, a su vez, pedir consejo.

A la vista de que, aquella diabolica mujer, era conocedora de tan infernales artes, los superiores del párroco no dudaron en dar aviso al la Santa Inquisición. El Brazo Secular, en sus sabias decisones, procedería con dicha persona en la medida de lo correcto para corregir y enderezar tal heregía.

Una noche de invierno de 1540, aquella familia sería apresada desapareciendo todos ellos para siempre. Su casa al abandono y sus tierras confiscadas, dejaron tras de si una huella en la memoria de las gentes que, hasta hace poco tiempo, aún susurraban con temor sobre los horrores que pudieron haber aconteció a aquella humilde familia en las carceles de la Santa Inquisición.

Las paredes ruinosas de la casa que les dio cobijo, aún siguen en el lugar a la espera de que retornen aquellos que nunca regresarán.