De las Artes y los Oficios en Ancares: Los Caleros


Hasta hace pocos años, aún era bastante común ver como en cada pueblo había una serie de personas que, a parte de sus rutinas diarias con las labores de la tierra, desempeñaban oficios artesanos con un conocimiento heredado de maestros a alumnos desde tiempo inmemorial. Herreros, carboneros, carpinteros, canteros, alfareros, carboneros o caleros, formaban parte de los profesionales de una sociedad rural, hoy ya casi extinta y, en donde dichos oficios artesanos, han quedado relegados al abandono.

Desde la antigüedad, dentro de cada gremio, los conocimentos sobre el oficio a aprender, eran trasmitidos de maestro a alumno, perdurando estos oficios hasta épocas recientes en los pequeños núcleos

La historia que nos ocupa en este artículo es la de los caleros en la Comarca de los Ancares. Una profesión que hunde sus raíces en la época romana y perduró hasta la primera mitad del siglo XX, últimas en las que, la presión del desarrollo industrial abaratando los procesos de producción, dejaría a aquellas nobles profesiones relegadas al abandono y, por último, al olvido. Varios son los hornos caleros de los que hemos tenido constancia por orientación de los lugareños en las comarcas de Becerreá y As Nogais y, aunque las gentes de aquellos pueblos que disponían de estos hornos, saben de su paradero, no hemos podido encontrar un registro en donde se mencione de las comarcas que los poseían y del lugar en donde estos fueron ubicados.

Los hornos de cal de Vilar de Ousón y el de los Grovos de Cela en el concello de Becerreá, Los de Forcas y de Pena Blanca en A Ferreria en el Concello de As Nogais, así como otros que habrá dispersos por la comarca y de los que no hay referencias a su ubicación, formaron parte de una antigua industria local, nacida y heredada de la época romana, para cubrir las necesidades de los lugareños. Estos hornos, conocidos como caleros, caleiros, son ejemplos de una simplicidad eficientemente práctica, tanto en su diseño, como en su uso.

Con paredes de piedra de forma cilíndrica y de un diámetro que podría rondar los dos metros, llegaban a tener una profundidad de entre tres y cinco metros. Dependiendo de las necesidades del uso de las calizas en la zona, estos hornos podían ser tanto de carga continua, como discontinua. Terminado el proceso de calcinación, la cal viva era retirada por la parte inferior y, por ello, cabe destacar de que estas formas cilíndricas, eran enterradas en túmulos con el fin de evitar las pérdidas de calor, dejando abierto un paso a la parte inferior de la cuba en donde estaría el hornillo, lugar por donde se encendería el fuego que activaría el proceso y por el cual sería sacada la cal viva (óxido de Calcio) tras el proceso de calcinación.

Rellenos de capas.capas de caliza y carbón, estos hornos producirían la cal que, posteriormente, se usaría en las construcciones del lugar

Para llevar a cabo el proceso, la cuba era rellenada con capas alternas de carbón y fragmentos de caliza. Las temperaturas alcanzadas en el interior, que podían oscilar entre los setecientos y los novecientos grados centígrados, determinarían la calidad del producto obtenido. Dicha calidad sería menor cuanto menor fuese la temperatura que se pudiese alcanzar en el interior del horno. El proceso de calcinación podía durar hasta casi una semana y, el producto resultante, usado para una gran diversidad de aplicaciones que iban desde el preparado de tierras, hasta la preparación de argamasas o caleados de paredes y techos en la construcción. Repartidos estos a lo largo de las zonas de rocas calcáreas, quedan sus huellas como el pasado de una industria en continua evolución.