Fauna y Flora: “La Patata”

Con sus orígenes en las regiones montañosas de Chile y Perú, fueron estas cosechadas por los pueblos andinos, junto con el maíz, desde hace más de 8000 años. Descubiertas por Jimenez de Quesada en 1537 y presentadas a Carlos I por Cieza de Leon en 1560, no se documenta nada más sobre ellas hasta finales del siglo XVI. Siendo España, el punto de partida desde donde se extendería por Europa, este vegetal tan solo sería usado para fines puramente decorativos en jardines. Parte hoy casi indispensable de nuestra alimentación, la introducción de la patata en la agricultura occidental, no fue cosa fácil dada la fuerte oposición que los labradores mostraron hacia esta. Transcurrían más de cien años entre debates de si era, o no, maléfica, llegando a acusarla de ser portadora de la peste.

Por su floración, el primer uso que se le dio a las patatas fue el de planta ornamental en los jardines

Su cultivo en Galicia, durante la primera mitad del siglo XVIII, se vería ligado a una plaga que asolaba los castaños y diezmaba las cosechas de la castaña, alimento básico de los pueblos de Galicia en aquél entonces. La escasez de las cosechas, vendría sucedida de una hambruna que recorrería el país. Con la intención de paliar las carestías de la plaga, serían los monasterios feudales de la Galicia central los primeros en obligar a sus colonos a cosecharlas, a pesar de la oposición de estos a producir lo que ellos llamaban, “as raíz do demo”. Así pues, sería durante el siglo XVIII cuando, nuestro bien amado tubérculo, comenzaría su andadura por la provincia de Lugo.

Aunque hoy en día se puede decir de su uso cotidiano, durante años se cuestiono sobre el riesgo que podría conllevar el consumir aquellas plantas desconocidas. Llegando a afirmar sus detractores que tales raices eran portadoras de la peste que azotaba Europa.

Aunque su llegada a Vivero sería en 1736 y a la comarca de Villalba en 1760, no sería hasta la última década del siglo XVIII cuando esta nueva especie llegaría a la comarca de Ancares. Desconociendo las fechas en las que el tubérculo llegó a otras parroquias de dicha comarca, hay constancia de su llegada a la parroquia de San Andres en As Nogais en el año 1798. Siendo el primero en cosechar dichos tubérculos Francisco Lorenzo José de García, según constaba en los libros de registro del casar que regentaba. Sobre dicho administrador, cabe la leyenda familiar de que, después de haberlas sembrado ante la mirada atónita de las gentes, al estar estas ya en flor, los vecinos de una aldea próxima, llamada Castiñeiras, echaron sus rebaños de ovejas y cabras sobre los sembrados para destrozar la cosecha de aquella extraña planta. Más atónitos si cabe, cuando vieron que lo que recogían de aquellas plantas eran sus extrañas raíces para cargarlas en los carros llevándolas de vuelta al casar. Según contaban, aquellos vecinos indignados por el éxito de la cosecha, murmuraban entre ellos “Tanto se cargóu pra leira, como se levan pra casa”.

Con el tiempo, la patata pasaría de ser una raíz del diablo, a ser el substituto del grano de centeno y de la castaña en comidas tradicionales como el caldo gallego. Entrando a formar parte de los alimentos básicos, y aunque por sus orígenes, al igual que el castaño, no se trata de una especie autóctona, también entraría a formar parte de la biodiversidad de los cultivos en esta comarca.

De las Artes y los Oficios en Ancares: Los Caleros


Hasta hace pocos años, aún era bastante común ver como en cada pueblo había una serie de personas que, a parte de sus rutinas diarias con las labores de la tierra, desempeñaban oficios artesanos con un conocimiento heredado de maestros a alumnos desde tiempo inmemorial. Herreros, carboneros, carpinteros, canteros, alfareros, carboneros o caleros, formaban parte de los profesionales de una sociedad rural, hoy ya casi extinta y, en donde dichos oficios artesanos, han quedado relegados al abandono.

Desde la antigüedad, dentro de cada gremio, los conocimentos sobre el oficio a aprender, eran trasmitidos de maestro a alumno, perdurando estos oficios hasta épocas recientes en los pequeños núcleos

La historia que nos ocupa en este artículo es la de los caleros en la Comarca de los Ancares. Una profesión que hunde sus raíces en la época romana y perduró hasta la primera mitad del siglo XX, últimas en las que, la presión del desarrollo industrial abaratando los procesos de producción, dejaría a aquellas nobles profesiones relegadas al abandono y, por último, al olvido. Varios son los hornos caleros de los que hemos tenido constancia por orientación de los lugareños en las comarcas de Becerreá y As Nogais y, aunque las gentes de aquellos pueblos que disponían de estos hornos, saben de su paradero, no hemos podido encontrar un registro en donde se mencione de las comarcas que los poseían y del lugar en donde estos fueron ubicados.

Los hornos de cal de Vilar de Ousón y el de los Grovos de Cela en el concello de Becerreá, Los de Forcas y de Pena Blanca en A Ferreria en el Concello de As Nogais, así como otros que habrá dispersos por la comarca y de los que no hay referencias a su ubicación, formaron parte de una antigua industria local, nacida y heredada de la época romana, para cubrir las necesidades de los lugareños. Estos hornos, conocidos como caleros, caleiros, son ejemplos de una simplicidad eficientemente práctica, tanto en su diseño, como en su uso.

Con paredes de piedra de forma cilíndrica y de un diámetro que podría rondar los dos metros, llegaban a tener una profundidad de entre tres y cinco metros. Dependiendo de las necesidades del uso de las calizas en la zona, estos hornos podían ser tanto de carga continua, como discontinua. Terminado el proceso de calcinación, la cal viva era retirada por la parte inferior y, por ello, cabe destacar de que estas formas cilíndricas, eran enterradas en túmulos con el fin de evitar las pérdidas de calor, dejando abierto un paso a la parte inferior de la cuba en donde estaría el hornillo, lugar por donde se encendería el fuego que activaría el proceso y por el cual sería sacada la cal viva (óxido de Calcio) tras el proceso de calcinación.

Rellenos de capas.capas de caliza y carbón, estos hornos producirían la cal que, posteriormente, se usaría en las construcciones del lugar

Para llevar a cabo el proceso, la cuba era rellenada con capas alternas de carbón y fragmentos de caliza. Las temperaturas alcanzadas en el interior, que podían oscilar entre los setecientos y los novecientos grados centígrados, determinarían la calidad del producto obtenido. Dicha calidad sería menor cuanto menor fuese la temperatura que se pudiese alcanzar en el interior del horno. El proceso de calcinación podía durar hasta casi una semana y, el producto resultante, usado para una gran diversidad de aplicaciones que iban desde el preparado de tierras, hasta la preparación de argamasas o caleados de paredes y techos en la construcción. Repartidos estos a lo largo de las zonas de rocas calcáreas, quedan sus huellas como el pasado de una industria en continua evolución.