La vida en los pueblos: “La emigración”

Las zonas de la montaña, sobrevivieron desde siempre como rincones olvidados entre su aparente tranquilidad, el amor y la desesperación de quien en ellas vivieron. Las montañas, generosas en ocasiones, despiadadas en otras, hicieron el día a día de las gentes que en ellas moraron durante siglos. Ajenas estas, en la mayoría de los casos, a los cambios que, a lo largo del mundo, se sucederían.

Nadie la vio venir, nadie la esperaba. La revolución industrial estaba en marcha y pronto se extendería por el mundo como el nuevo sueño en donde todo era posible. Animados por el olvido secular de estos lugares, olvido tan antiguo como el origen mismo de los poblados, y el goteo de las fantásticas noticias de lo que a lo lejos acontecía, invitó a muchos a irse a la búsqueda de un lugar que creían sería mejor.

Nadie deseaba una vida de subsistencia. Nadie quería una vida ligada a lo rudimentario de sus técnicas y a lo agreste de sus tierras. Pretéritas técnicas que, sumadas a su vez a una creciente población, limitaban los recursos que la tierra podía dar a sangre, sudor y hierro. Las puertas hacia una nueva vida estaban abiertas y, aquellos milenarios senderos que enlazaban a las aldeas, se convertirían, en poco tiempo, en las rudimentarias autopistas que los llevarían lejos, muy lejos.

Gentes curtidas y entregadas al trabajo duro venderían sus vidas, marchando a trabajar sin ninguna garantía. Marcharían sin saber que eran aquellos nuevos esclavos que, por un miserable sueldo, venderían su alma al diablo, para luego quedar sepultados en el fondo de las minas o destrozados en las fábricas. Jovenes aventureras se irían a servir a los nuevos ricos. Sufrirían de toda clase de bejaciones, pero daba igual. El despectivo de “gallega tienes que ser”, era menos doloroso que las vejigas nacidas e sus manos, fruto de tomar una azada por la mañana y cabar de Sol a Sol.

Barcos llenos de mano de obra barata saldría camino de América, otros muchos marcharían desperdigándose por Europa. Cataluña, Vascongadas, Madrid… La sangría había comenzado para toda una comarca que permanecería, y aún permanece, olvidada de la mano de Dios.

Décadas han pasado desde que alguien, en una feria de Becerreá, le hizo esta fotografía a una familia. El único recuerdo que quedaría para sus padres. El recuerdo de aquellos hijos que partirían hacia algún lejano lugar de ultramar. Pasado el tiempo, la sangría se convirtió en una lenta e inexorable agonía. La agonía de aquel enfermo en estado terminal que no sabe cuando, pero tiene claro ante si, su final. Un final tras el cual, también parece tener claro, que no acudirá nadie a su velatorio.