Fortalezas, Castillos: Sarracín

El Castillo de Sarracín sobre lo que fue el Castrum Sarracenicum, se encuentra custodiando una de las principales entradas a Galica, en el municipio de Vega de Valcarce, en los Ancares Leoneses. Su ubicación estratégica fue una pieza fundamental para el control de la entrada al reino de Galicia.

Construida esta fortaleza.sobre una anterior destruida por Muza es, hoy en día, de las más impresionantes que custodian la entrada a Galicia

Las ruinas de la fortaleza actual, se creen que son del Siglo IX. Las ruinas sobre la que esta fortaleza se enclavo, se cree que eran de un castillo que había sido arrasado por Muza en el año 714. La reconstrucción que dio pie al  actual castillo, se cree que no debio de ser realizada hasta después de la expulsión de los musulmanes de Galicia y León. Dicha época, podría situar su construcción hacia finales del siglo IX.

Algunos datos,  apuntan a que, la fortaleza de Sarracín, bien pudo ser levantada durante el reinado de Ordoño I (850), por el Conde Gatón, quien le dio el nombre de su hijo Sarracino Gatónez. Aunque, posiblemente, fuese edificado por el mismo Sarracino. Dichas conclusiones, situarían la fecha de su construcción  entre los años 852 y 885.

El Conde Gatón, se cree que pudo ser natural de las comarcas próximas a Triacastela. Este fue esposo de una hermana de Ordoño, D. Nuña. La proximidad familiar le sirvió para ser hombre de confianza de Ordoño para Galicia. Gatón fue el encargado de campañas en favor de los mozárabes de Toledo y la campaña que se llevó a cabo durante el año 863. Campaña  que terminó en una cruenta derrota en el desfiladero de Pancoro.

El Conde Gatón sería nombrado regidor de la comarca del Bierzo y encargado de repoblar el lugar para proseguir, posteriormente, con la zona de Astorga. Su hijo, Sarracino Gatónez y señor de Sarracín, en el 885 protagonizaría una rebelión en conjunto con Hermenegildo Pérez, hijo del conde Pedro Theón, contra Alfonso III,

A la muerte de Diego Rodríguez, conde de Castilla, brindaría la oportunidad a Alfonso III para llevar a cabo una maniobra que atajaría cualquier deseo de independencia o de cesión de más poder para aquellos hijos de los Condes que habían sido los hombre de confianza de Ordoño y Alfonso III. A su fallecimiento, Alfonso III dividiria el reino entre sus hijos. A Garcia le sería cedido el Reino de León y Castilla. A Ordoño le concedió el Reino de Galicia y a Fruela el Reino de Asturias

La vida en los pueblos: “La emigración”

Las zonas de la montaña, sobrevivieron desde siempre como rincones olvidados entre su aparente tranquilidad, el amor y la desesperación de quien en ellas vivieron. Las montañas, generosas en ocasiones, despiadadas en otras, hicieron el día a día de las gentes que en ellas moraron durante siglos. Ajenas estas, en la mayoría de los casos, a los cambios que, a lo largo del mundo, se sucederían.

Nadie la vio venir, nadie la esperaba. La revolución industrial estaba en marcha y pronto se extendería por el mundo como el nuevo sueño en donde todo era posible. Animados por el olvido secular de estos lugares, olvido tan antiguo como el origen mismo de los poblados, y el goteo de las fantásticas noticias de lo que a lo lejos acontecía, invitó a muchos a irse a la búsqueda de un lugar que creían sería mejor.

Nadie deseaba una vida de subsistencia. Nadie quería una vida ligada a lo rudimentario de sus técnicas y a lo agreste de sus tierras. Pretéritas técnicas que, sumadas a su vez a una creciente población, limitaban los recursos que la tierra podía dar a sangre, sudor y hierro. Las puertas hacia una nueva vida estaban abiertas y, aquellos milenarios senderos que enlazaban a las aldeas, se convertirían, en poco tiempo, en las rudimentarias autopistas que los llevarían lejos, muy lejos.

Gentes curtidas y entregadas al trabajo duro venderían sus vidas, marchando a trabajar sin ninguna garantía. Marcharían sin saber que eran aquellos nuevos esclavos que, por un miserable sueldo, venderían su alma al diablo, para luego quedar sepultados en el fondo de las minas o destrozados en las fábricas. Jovenes aventureras se irían a servir a los nuevos ricos. Sufrirían de toda clase de bejaciones, pero daba igual. El despectivo de “gallega tienes que ser”, era menos doloroso que las vejigas nacidas e sus manos, fruto de tomar una azada por la mañana y cabar de Sol a Sol.

Barcos llenos de mano de obra barata saldría camino de América, otros muchos marcharían desperdigándose por Europa. Cataluña, Vascongadas, Madrid… La sangría había comenzado para toda una comarca que permanecería, y aún permanece, olvidada de la mano de Dios.

Décadas han pasado desde que alguien, en una feria de Becerreá, le hizo esta fotografía a una familia. El único recuerdo que quedaría para sus padres. El recuerdo de aquellos hijos que partirían hacia algún lejano lugar de ultramar. Pasado el tiempo, la sangría se convirtió en una lenta e inexorable agonía. La agonía de aquel enfermo en estado terminal que no sabe cuando, pero tiene claro ante si, su final. Un final tras el cual, también parece tener claro, que no acudirá nadie a su velatorio.