Leyendas de Ancares: A Pena do Home

Cuenta la leyenda que, cuando Dios decidió crear los cielos y la Tierra, también pensó en crear a una partida de gigantes para que lo ayudasen en la construcción de tan gradiosa obra. Uno de ellos, tras haber terminado su trabajo, quiso irse a ver el mundo que había ayudado a crear. Decidido a recorrerlo entero, se echó a caminar hasta llegar a un lugar de las montañas donde, sobre una de aquellas lomas, se sentó a descansar durante un rato.

El gigante dormido, descansa bajo los cielos de Galica

Era pasada la media tarde cuando, decidió quedase a presenciar la caída del Sol hasta ver como este se perdería tras las montañas entre el rojo intenso del ocaso. Mientras el Sol se ponía, las largas sombras de la tarde daban paso al anochece y a una luna nueva que rayaba el horizonte, anunciando la llegada de las primeras estrellas que más tarde adornarían el oscuro manto de la noche.

Cansado por el descomunal trabajo y del largo camino recorrido, se recostó sobre el cerro, en donde se había sentado, para seguir mirando hacia el cielo sin perder de contemplar la belleza tan grandiosa obra. Absorto y fatigado, entre la tranquilidad del lugar y el arrullo del canto de los grillos, se quedó sumido en un sueño tan profundo que lo convertirían en piedra. Tumbado sigue hoy sobre la montaña, sumido en un profundo sueño bajo los cielos de Galicia

Mitos y leyendas: A Lenda de Maruxa, o muiño e o trasgo

De camino entre los pueblos de San Andrés y Lama da Vila, discurre un pequeño arroyo cuyas aguas, en otros tiempos, sirvieron para mover las ruedas de los molinos que, en su curso, se asentaron. Uno de estos molinos, conocido como o “Muín da Rigueira”, trabajaba incesantemente de día y de noche para todos aquellos vecinos que venían a servirse de él, desde los pueblos del contorno.

Lama da Vila, pueblo del que Maruxa, según la leyenda, era vecina.

Aquellos eran tiempos oscuros. Tiempos en los que, los quehaceres de la vida cotidiana, convivían con el temor a Dios y a las fuerzas sobrenaturales que los atemorizaban. Al atardecer, las gentes iban dejando atrás sus trabajos, para luego regresar a la seguridad de sus hogares y guarecerse de aquellas sombras que, se decía, recorrerían los caminos desde la puesta, hasta la madrugada. Así, mientras unos iban dejando atrás sus labores para proseguirlos por la mañana, otros más intrépidos osaban desafiar al mundo de las sombras aventurándose en el tupido velo de la noche. Tal fue el caso de Maruxa.

Maruxa, era una mujer firme y decidida del pueblo de a Lama da Vila. Fuerte y joven, era poco dada a creerse los relatos que, aquellos más ancianos, contaban sobre la Santa Compaña y sobre otras extrañas entidades del más allá. Entidades demoníacas algunas, otras almas en pena que, según antiguas leyendas, recorrían los caminos desde la puesta del sol y hasta las primeras luces del alba. Laboriosa montañesa, ella cumplía con su trabajo diario hasta darle fin y sin importarle de si lo terminaría antes o después del crepúsculo.

Una lluviosa tarde del mes de diciembre, cuando Maruxa pensaba de darles la cena a sus animales, se encontró de frente con la escasez de provisiones para poder alimentarlos a todos. Descontenta por tal carencia, mientras observaba su arcón casi vacío, se decidió a cargar dos saco de grano de centeno sobre su mula, para luego echarse a andar, camino abajo, hacia el molino.

Pozo usado por el molino que se encontraba en el camino de la Senra, próximo a San Andrés1

Con paso firme, haciendo frente a las inclemencias que anunciaban la proximidad del invierno, Maruxa llegaría a su destino con la última luz de la tarde. A su llegada, prendió su mula bajo el portal y pasó su interior en donde más gentes del lugar esperaban impacientes su turno. Con sus ropas mojadas, tomó asiento en uno de los bancos que se encontraban flanqueando la hoguera que caldeaba el local, a la vez que sembraba de luces y sombras las paredes del viejo molino. Próxima al fuego, le acercaba sus manos de vez en cuando tratando de ahuyentar el frío que, con el azote del viento y las gélidas e incesantes lluvias que se vertían sobre las montañas, ya se había calado en sus huesos.

El molino, del que aún quedan hoy sus ruinas, era un viejo edificio de gruesas paredes de piedra condenado a una eterna penumbra. Por la ausencia de ventanas, no tenía más luz que la que por su puerta entraba durante el día y la del leve resplandor que la hoguera le ofrecía durante la noche. Entre las sombras, acompañada por el incesante lamento de los ejes que movían las piedras del molino y que rompía el sosiego del lugar dándole las pinceladas perfectas de una siniestra melancolía, pudo observar como, uno a uno, los vecinos se iban marchando a sus casas tras recoger sus moliendas. Llegado su turno, Maruxa se había quedado sola en aquel tenebre lugar. Con esfuerzo, cargo sus sacos y derramó sus granos en el contenedor para que, lentamente, comenzasen a molerse. Sentada de nuevo al calor de la hoguera, tan solo le quedaba esperar para recoger su molienda y regresar con ella a la paz de su casa.

Mientras los gélidos vientos de los últimos días del otoño hacían resonar en el valle los ecos de sus interminables aullidos, cada giro que la rueda del molino daba, restaba tiempo a la tarde y acercaba la llegada de la media noche. Llegada esta, entre chisporroteo de las llamas de la hoguera, Maruxa vio abrirse la puerta del molino por donde entraría la silueta de un hombre alto en estatura y cubierto por una negra túnica ceñida a su cintura. Aquel extraño hombre, se fue acercando a la hoguera para luego tomar asiento en el banco que, frente a ella, se encontraba. Solos los dos, sumidos en la lánguida penumbra del molino y llamada por la curiosidad, Maruxa trataba de discernir entre las sombras los rasgos de la faz que, bajo aquella túnica, se encontraban.

Con unas profundas creencias animistas heredadas de los pueblos prerromanos, estas se mantendrían vivas en las tradiciones hasta épocas recientes.

Aquel hombre, sin mediar palabra, comenzó a sacar babosas de uno de sus bolsillos mientras las insertaba en una fina y afilada vara de avellano. Ante su mirada atónita, aquel extraño comenzó a asar las babosas en el fuego de la hoguera. Pasado un rato, que para ella se había convertido en una eternidad, el hombre cubierto por aquella túnica se puso a comer de las babosas que había asado. Fue entonces cando Maruxa pudo ver algo extraño bajo el capuchón que ocultaban su rostro. Era la imagen de un ser espectral, de sus ojos vacíos emanaba una pálida luz rojiza y, en su boca, unos dientes desfigurados y largos masticaban aquello que había asado. Mientras observaba aterrada, una voz desgarradora e infernal salio da su garganta diciéndole:

“Asadas y revueltas, Maruxiña… ¿Quieres de ellas?”

Maruxa, presa del pánico, huyó de aquel lugar por el tortuosos camino de vuelta a casa y dejando tras de si, la molienda por terminar y su mula bajo el cobertizo del viejo molino. Sin perder ni un solo instante de mirar hacia atrás, tropezando con cada piedra oculta por la oscuridad, corrió sin detenerse un solo momento hasta que, ya próxima a su pueblo, vio, entre los castaños que custodian el camino, la silueta de un hombre que por él bajaba. Por un momento, sus temores se aliviaron al creer que aquella era la silueta de su esposo que había salido a su encuentro.

“Ay mi esposo querido, regresa conmigo a casa que el demonio queda en el molino. Vi como sus ojos brillaban con un color rojizo, le pude ver sus dientes largos y deformes, vi como asaba…”

Aquel hombre que estaba ante ella, y a quién le relataba nerviosa lo que había visto, comenzó a erguir su cabeza. A medida que la levantaba, Maruxa se quedó sin habla al volver a ver aquellos ojos vacíos que brillaban con una pálida luz espectral. Paralizada por el panico, aquel ser le mostró sus dientes mientras le decía con su desgarrada voz:

Tras la puesta del Sol, almas en pena y otros seres infernales, vagaban por las venas de la noche

¿No serían estes los dientes Maruxiña?…

Con el corazón en un puño, Maruxa emprendió de nuevo una carrera sin tregua hasta poder resguardarse dentro de su casa colgando, tras del postigo de la puerta, una herradura que protegiese a todos los suyos de tan espectral demonio.

Anonimo

“Leyendas de la comarca de San Andrés, en el Concello de As Nogais”