Mitos y Leyendas: «El agua y el pulpo»

Aún recuerdo cuando de niño me decían que, con el pulpo, no se podía beber agua. Algo misterioso lo haría aumentar tanto de volumen en mi tripa, que hasta podría morir. Un buen día, decidí enfrentarme al mito. En un vaso con agua, dejé un trozo a remojo. Pasadas unas horas, el trozo seguía siendo exactamente igual. No había aumentado de volumen, no había revivido. Comprendí que era un mito, una leyenda, cierto, pero… ¿Cuál era su origen?

Para ello, debemos de echar la vista atrás hasta el tiempo en que, nuestros trasportes refrigerados, eran carretas y, los congelados, pertenecían al genero de la ciencia ficción. Era en aquel entonces, cuando el ser humano se las ingeniaba para conservar sus productos usando medios como los ahumados, salazones o los secados. Técnicas ancestrales que aún hoy usamos y, sobre una de ellas, hablaremos.

Siglos antes de que el pulpo se conservase en cámaras frigoríficas, la única forma conservarlo era el secado. Así como en el País Vasco, se usaba el secado para la conservación del bacalao, en las costas de Galicia se usaba el secado para la conservación del pulpo. Siendo este, el único modo posible de poder hacerlo llegar a las zonas del interior, en donde era apreciado como un rico manjar.

El hecho del secado para su conservación, haría que el octópodo perdiese más de las tres cuartas partes de su volumen. Después de su viaje, y llegado a su destino en la feria de algún pueblo, una bola correosa de carne y sal sería echada al agua para su cocción. Quienes lo observaban, veían como aquel amasijo de piel y sal aumentaba su volumen al tiempo que, sus tentaculos, se agitaban en el burbujeo del agua hirviendo.

Entre el estupor y el desconocimiento, en el país de la picaresca y del Lazarillo de Tormes, una macabra danza entre cantineros y pulperos haría nacer el mito. Con el pulpo no se podía beber agua, solo el vino. Solo los buenos caldos del tabernero, mitigarían la ira de aquel delicioso monstruo de ocho largos tentáculos que crecía de tamaño al ser sumergido en la caldera.

Toda leyenda, toda tradición tiene un origen. Algunas tan antiguas como el tiempo, otras tan contemporáneas como las mismas cadenas virales que, cada día, en las redes sociales se expanden.