La Vida en los pueblos: “La matanza”

Entre las tradiciones que aún hoy sobreviven tanto en las montañas de Ancares, como en buena parte de nuestra geografía. La matanza fue aquella por la que, en cada una de las casas de los pueblos, se llegaron a vivir días en donde, lo frenético de las labores de la elaboración, se cruzaban con un auténtico festejo popular que parecía anunciar la ya inmimente llegada del invierno.

Desde el embuchado a mano del picadillo adobado, o zorza, al embuchado en maquinas electricas, el proceso sufrió una transformación continua a lo largo del tiempo que facilitaría el trabajo que ello conllevaba.

Los días idoneos para llevar las tareas a buen fin, se encontraban ligados a la llegada del frío. Este, a parte de sus sobradas cualidades para la conservación, propiciaría una práctica ausencia de las temibles moscas, las cuales podrían echar a perder los esmerosos trabajos que solicitaban los productos cárnicos obtenidos de las labores de despiece y picado. Por ello, cada año las fechas para estas faenas se veían adelantadas o retrasadas, siendo la llegada de las primeras nieves a las cumbres, el punto de partida para llevar a cabo las tareas.

Un evento de colaboración entre los vecinos de los pueblos, tan solo comparable a la trilla de las mieses, correría de casa en casa y a lo largo y ancho de las aldeas. Entre los muchos menesteres que dicha tradición llevaba consigo, sería entre las vecinas en donde se trocearían finamente las carnes que, debidamente adobadas, quedarían en reposo un par de días para dar paso posterior al proceso de embuchado de los embutidos.

El util para el picado de la carne era llamado riladoira, en el zocalo central, esta se picaba en pequeños trozos.

Llegada la navidad, y mientras las carnes se salaban en grandes cavidades que habían sido talladas en gruesos troncos de castaño llamadas maseiras, los embutidos adornarían los techos de las lareiras mientras que estos eran secados y ahumados para su posterior conservacion. Carentes de los envases al vacío de los que hoy se dispone, y antes de su curación total, parte de los embutidos serían sumergidos en la grasa que de los animales había sido extraida y que había sido almacenada en ánforas barro llamadas olas.

Cabe señalar que, la plasticidad de la grasa derretida, recubriría los embutidos aislandolos del aire y retrasando con ello su oxidación. Mientras, su deshidratación se veria retrasada dadas las propiedades hidrofugas de la grasa que los mantendria frescos durante un tiempo considerable.

En ánforas como esta, llamadas olas, se almacenaba la grasa extraida de la elaboración. Dentro de algunas de estas, se guardaban los embutidos cubiertos por ¡
la grasa que crearía un primitivo, pero eficaz, vacío

Tras la curacion total, el resto de los embutidos serían llevados a los horreos y, mientras las carnes ya recuperadas de la sal colgarían de garfios prosiguiendo su curado al aire de las montañas, los embutidos serían protegidos, enterrándolos bajo el grano de trigo o centeno que era contenido en grandes arcones de madera llamados paneiras.

Con el tiempo llegarían las picadoras, primero las manuales, luego las eléctricas. Más tarde, las envasadoras al vacío facilitarían los trabajos de conservación. En un mundo en constante cambio, perdura en esencia la tradición de esos salazones y embutidos que todos conocemos y que hacen de nuestro abanico gastronómico, un terreno ideal para satisfacer nuestros paladares.

Fiestas y Ferias: “San Andres”

“Inda lembro aquela muller chorando como unha perdida… viñera a pobre andando desde Vilafranca hasta San Andres polo camín de Xuncedo. Antes, eles viñan polo camin da serra e nos ibamos por eli as segas a castela. Con unha goxiña o lombo, chea de concas e de xarras de barro, a muller resbalou onda revolta da Campa de San Xoan e marchoulle a goxa as voltas polo camin abaixo, pobre… ¡Non!… Aqueles tempos que non volvan…”

En las Inmediaciones de As Nogais, está la parroquia de San Andrés. Con una de las iglesias más antiguas de la comarca de Ancares, dicha construcción fusiona en su arquitectura desde la simbología celta, que se encuentra grabada en sus piedras, hasta las tallas de estilo barroco de sus altares. Entre sus paredes los estilos mozarabe, románico, clásico y un etcétera se sumaron a lo largo del tiempo, y de la época, en que fue reformada. Dicha iglesia y, con ella su parroquia, fueron asignadas a la Protección del apóstol San Andrés. Que, un día como hoy, celebraba su fiesta patronal

 

San Andres y su iglesia llegada del prerrománico

Algunos de los vecinos del lugar, que vivieron los últimos días del evento en tiempo presente, recordaban de como, durante la jornada de la fiesta patronal, se desarrollaba en el lugar una feria que era llegada de tiempos inmemoriales. Dicha Feria era llamada “A Feira Da Cebola” (La Feria de la Cebolla). Con la llegada de los nuevos medios de transporte después de la segunda mitad del XIX, dicha feria entró en un lento proceso de decadencia, quedando relegada al olvido en los últimos años, de la tercera década, del siglo XX.

Contaban las gentes que, en sus mejores tiempos, “a Feira da Cebola” había sido de gran importancia en dicha comarca. A esta feria eran llegadas gentes del Bierzo, así como los mercaderes conocidos como los maragatos, para comerciar con los productos de la temporada y otras mercancías como telas, cerámica, útiles domésticos, o de trabajo como hoces, guadañas, martillos o clavos.

Altar Mayor de la iglesia consagrada a San Andres.

A lo largo del camino que subía desde San Andrés a la sierra por donde habían llegado, y dispuestos a comerciar con sus productos, se asentaban los vendedores. Canastas llenas de cebollas, pimientos, nueces, castañas, cecinas, telas, útiles de trabajo o cerámicas eran mostradas a los viandantes que, en sus idas y venidas, iban desde un llano llamado Campa de San Juan, hasta la plaza del pueblo próxima a la iglesia del patrón. Los vecinos de San Andrés, en mención de dicho evento, eran llamados “ceboleiros”.

Llegadas de la Edad Media, entre los entretenimientos de la fiesta, estaban las corridas de gallos.

Próximos a la iglesia, en la plaza del pueblo, los gaiteros y los cantineros, tratarían de alegrar el dia a los vecinos del lugar entre jotas, cantares y buen vino. En la Campa de San Juan, una pequeña capilla que hoy ya no está, era testigo de las apuestas entre los vecinos en las “corridas de gallos” que en su proximidad se llevaban a cabo. Testigo fue también de vendedores y mercaderes llegados de más allá de las montañas, así como de las idas y venidas de las gentes que habitaban un vivo mundo rural que hoy