Mitos y Leyendas: “El milagro del Cebrero”

Próximo al Cebrero, se encuentra el pueblo de Barxamaior. De dicho pueblo, según la leyenda, era el vecino llamado José Santín. Un hombre sumamente devoto y que jamás perdia de ir a escuchar misa a la iglesia de su parroquia. La cual queda, en lo alto de sierra, y a unos tres kilómetros de donde este buen hombre vivía.

El caliz y la patena, junto a las redomas que contienen el milagro, se exponen en una vitrina de dicha iglesia

En uno de los crudos días de invierno en los que la nieve y la ventisca azota las montañas, contra toda inclemencia, se echó camino arriba para acudir, como era su costumbre, a oir misa. Llegado este a la iglesia, y sorprendido el sacerdote por su atrevimiento, le dijo “vienes con este tiempo por ver un poco de pan y vino” y, en aquel momento, se produjo ante ellos el milagro en donde el vino se hizo sangre y el pan se convirtio en carne. En dicha iglesia, en una vitrina se exponen hoy el caliz y la patena en donde se dice obró el milagro.

“Cerca de los años mil trescientos, había un vecino y vasallo de la casa del Cebrero en un pueblo que dista a media legua de él, llamado Barja Mayor. El cual, tenía tanta devoción en el Santo Sacrificio de la misa que, por ninguna ocupación, ni inclemencia de los tiempos recios, faltaba de oír misa.

Es aquélla tierra combatida por todos los aires y suele cargar tanta nieve que no sólo se toman los caminos, si no que se cubren las casas y, el mismo monasterio, iglesia y hospital, suelen quedarse afectados. Y allá dentro viven con fuego y luces de candelas porque, la del cielo, en muchos días no suele verse y, si la caridad (a quien no pueden matar los fríos ni hielos) no tuviese allí entretenidos a los monjes para servir a los pobres, parece imposible apetecerse aquella vivienda.

Un día, pues, muy recio y tempestuoso, de hielo y tempestades, rompió por las nieves y, como pudo, llegó a la iglesia (José Santín, vecino de Barxamayor). A su llegada, estaba un clérigo de los capellanes diciendo misa bien descuidado que, en aquel tiempo trabajoso, pudiese nadie subir a oír misa.
 
Había consagrado la hostia y el cáliz cuando el hombre llegó, y espantándose cuando lo vio, menosprecióle entre sí mismo diciendo “Cuál viene este otro, con una tan gran tempestad y tan fatigado, a ver un poco de pan y vino”.
 
El señor, que en las concavidades de la tierra y en partes escondidas, obra sus maravillas, la hizo tan grande en aquella iglesia a esta sazón, que luego la hostia se convirtió en carne y el vino en sangre. Queriendo, su Majestad, abrir los ojos de aquel miserable ministro que había dudado y pagar tan gran devoción como mostró aquel buen hombre viniendo a oír misa, con tantas incomodidades.
 
Estuvieron mucho tiempo la hostia vuelta carne en su patena y la sangre en el mismo cáliz donde había acontecido el milagro hasta que, pasando la reina doña Isabel en romería hacía Santiago y hospedándose en el monasterio del Cebreiro, quiso ver un prodigio tan raro y maravilloso, y dicen que entonces, cuando volvió, mandó poner la carne en una rodomita y la sangre en otra, donde hoy se encuentra…”