Iglesias y Monasterios: “Origenes”

Monasterio, monacal… el término que los describe, vienen del griego monasterion, μοναστήριον. Término con el que se apelaba a los ascetas, o ermitaños, que llevaban una vida aislada, dedicada a la meditación y buscando de purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales.

No fue esta una característica exclusiva del cristianismo ya que, prácticamente en todas las religiones y culturas, poseyeron, o poseen, sus “monjes”. Desde los asipu de la antigua Sumeria, las chemait egipcias, las Virgenes Vestales o los Bhikkhu del budismo, la vida ascética se hace como algo paralelo a la propia filosofía de los cultos.

La vida ascética del cristianismo, y que daría origen a los monasterios, inició su singladura poco tiempo después de la muerte de Jesús de Nazaret. Aquellos primeros ascetas cristianos, inicialmente vivieron solos como ermitaños para que, con el tiempo, decidiesen unirse y habitar en cuevas, o chozas, construidas por ellos mismos. Lugares simples, sencillos, pero a su vez suficientes para poder llevar una vida dedicada a la oración mientras convivían en comunidad.

No sería hasta el siglo VI cuando, san Benito, crea una comunidad y establece las reglas que servirían de base para otras órdenes venideras. Sus seguidores hacían tres promesas: el voto de pobreza, el voto de castidad, y el voto de obediencia.

La evolución desde las antiguas comunas, a los conventos, o abadias, que hoy conocemos, sucedería durante el transcurrir de la alta Edad Media. Monasterios como el de San Pedro de Rocas en Esgos (Orense), o el de Penamaior en Becerreá (Lugo), iniciarían su singladura durante la época altomedieval. Tiempos en los que, a diferencia de Europa, el norte de España estaba siendo sacudido por las idas y venidas que durante la reconquista se acontecieron.

Congregaciones venideras sucederían a estas a lo largo del tiempo. Algunas, como el monasterio de Samos, a día de hoy sigue custodiando la herencia medieval del Camino de Santiago. Otro lugares menos afortunados encierran en sus topónimos la firma de sus origenes. Lugares tales como Mosteiro, en el municipio de Cervantes, se dice que fue solar de un antiguo monasterio que perteneció a la orden de los Caballeros Templarios y hoy ya desaparecido.

En otros pueblos, como San Andres en As Nogais, la tradición oral guardó los ecos de la existencia de congregaciones en una epoca pretérita. Historias que, a lo largo de los siglos, llegaron hasta nuestros días y hoy esperan su turno para perderse en el olvido.