Fauna y Flora: “El Castaño”

Entre las montañas que forman los valles de Ancares, el castaño, especie originaria de Asia y de la cuenca mediterránea, encontraría en ellas un lugar ideal para echar raíces y, con el transcurso de siglos, entrar formar parte de nuestra biodiversidad como especie autóctona y querida. Traído de la mano de los colonos romanos, el castaño llegaría para quedarse y convertirse en en una de las especies forestales más apreciadas. Desde la nobleza de su madera, a la exquisitez de sus frutos, el castaño fue, sin ninguna duda, uno de los grandes aportes de la colonización romana.

En la foto se aprecia parte del soto de Cormes. Dicho soto, es parte de uno de los bosques de castaños más extensos de Galicia. En dichas fragas, se rodaron escenas de la película española titulada “El bosque del Lobo”

Árbol caducifolio, pierde la protección de sus hojas entre los meses de noviembre y diciembre. Siendo, entre los meses de octubre y noviembre, la época en que sus frutos, las castañas, son recogidas para, posteriormente, ser guardarlas hasta su secado o bien ser puestas en conserva. De las castañas secas, y luego molidas, se hace una tipo de harina que es usada en la repostería. Usadas, tanto para la alimentación del ganado, como en la gastronomía popular, hicieron de este fruto uno de los alimentos básicos para las gentes de las montañas.

Cuando los erizos ríen, muestran a las castañas ya maduras.

Si floracion, duranten los meses de agosto y septiembre, es de obligada visita a las abejas que, atraidas por su aroma, colaboran con su polinización, regalandoles el nectar que da el sabor caracteristico a la miel de Ancares. Llamada candea a la flor del castaño, el aroma que desprende perfuma las calidas tardes de verano dando un agradable ambiente a sus bosques.

Poco se puede decir de sus maderas que, por lo cotidiano, no se sepa. Madera noble, apreciada en la ebanistería, fue usada desde la antigüedad para todo tipo de útiles y aperos. Imprescindible en la arquitectura antigua, las vigas obtenidas de sus maderas, hoy siguen siendo el soporte de los tejados de muchas de las casa de la comarca, algunas de ellas, casas centenarias al que, el paso del tiempo no pareció afectar a las piezas de maderas que en ellas se usaron. En artesanía, esta presente en cada una de las tallas que lucen, tanto los retablos, como las imagenes que en ellos se exponen.

Los caminos que discurren por los bosques de castaños, brindan su sombra en las tardes de verano

Cabe creer que, algún día, todos aprendamos a convivir con nuestro medio respetándolo como una parte de nuestra vida. Es interés de todos ver nuestros bosques verdes, nuestras fuentes limpias y nuestros ríos llenos de vida. Una herencia anónima de aquellas manos que los plantaron y con ellos convivieron. Herencia que debemos de honrar cuidando de cada rincón de nuestros bosques que también son parte de nuestra cultura, de nuestra historia y de ese oxigeno que, a cada instante, respiramos. El castaño, nos ha acompañado en silencio durante dos mil años, permitamos que su compañía siga presente, para no llorar por un pasado.

Iglesias y Monasterios: “Origenes”

Monasterio, monacal… el término que los describe, vienen del griego monasterion, μοναστήριον. Término con el que se apelaba a los ascetas, o ermitaños, que llevaban una vida aislada, dedicada a la meditación y buscando de purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales.

No fue esta una característica exclusiva del cristianismo ya que, prácticamente en todas las religiones y culturas, poseyeron, o poseen, sus “monjes”. Desde los asipu de la antigua Sumeria, las chemait egipcias, las Virgenes Vestales o los Bhikkhu del budismo, la vida ascética se hace como algo paralelo a la propia filosofía de los cultos.

La vida ascética del cristianismo, y que daría origen a los monasterios, inició su singladura poco tiempo después de la muerte de Jesús de Nazaret. Aquellos primeros ascetas cristianos, inicialmente vivieron solos como ermitaños para que, con el tiempo, decidiesen unirse y habitar en cuevas, o chozas, construidas por ellos mismos. Lugares simples, sencillos, pero a su vez suficientes para poder llevar una vida dedicada a la oración mientras convivían en comunidad.

No sería hasta el siglo VI cuando, san Benito, crea una comunidad y establece las reglas que servirían de base para otras órdenes venideras. Sus seguidores hacían tres promesas: el voto de pobreza, el voto de castidad, y el voto de obediencia.

La evolución desde las antiguas comunas, a los conventos, o abadias, que hoy conocemos, sucedería durante el transcurrir de la alta Edad Media. Monasterios como el de San Pedro de Rocas en Esgos (Orense), o el de Penamaior en Becerreá (Lugo), iniciarían su singladura durante la época altomedieval. Tiempos en los que, a diferencia de Europa, el norte de España estaba siendo sacudido por las idas y venidas que durante la reconquista se acontecieron.

Congregaciones venideras sucederían a estas a lo largo del tiempo. Algunas, como el monasterio de Samos, a día de hoy sigue custodiando la herencia medieval del Camino de Santiago. Otro lugares menos afortunados encierran en sus topónimos la firma de sus origenes. Lugares tales como Mosteiro, en el municipio de Cervantes, se dice que fue solar de un antiguo monasterio que perteneció a la orden de los Caballeros Templarios y hoy ya desaparecido.

En otros pueblos, como San Andres en As Nogais, la tradición oral guardó los ecos de la existencia de congregaciones en una epoca pretérita. Historias que, a lo largo de los siglos, llegaron hasta nuestros días y hoy esperan su turno para perderse en el olvido.