Castillos y Fortalezas de Ancares

Aunque, en otro tiempo, la frontera del Reino de Galicia se encontraba más al este de donde hoy se demarca. La zona montañosa de Ancares y Caurel constituiría, en si misma, una muralla natural de pasos angostos, profundos valles y peligrosos desfiladeros que pusieron en jaque todos aquellos que intentaron invadir Galicia desde el este. En leyendas, como la de la defensa del valle del Valcarcel, se cuenta como aquellos intentos de las tropas de Almanzor por entrar en Galicia, siguiendo el desfiladero por el que discurría el río y ante una fiereza inusitada de los lugareños, se verían frenados durante años.

Castillo de Tores, sede del Partido Judicial que llevaba su nombre hasta mediados del siglo XIX, terminó sus dias siendo deborado por un incendio.

Armados de lo poco que disponían, pero con la ventaja de lo angosto del valle por el que trataban de acceder las ordas. Estos idearon de acumular rocas, a las que llamaban galgas, en las partes altas de las vertientes del desfiladero. Contenidas por empalizadas, a la llegada de los  invasores, estas galgas eran liberadas para que rodasen montaña abajo y, literalmente, apedrear a todo aquel que osase entrar en la parte más angosta del valle.

Al fondo de dicho desfiladero, aún hoy en día quedan auténticos pedregales de rocas de un considerable tamaño, que bien pudieron ser parte de los rudimentarios proyectiles usados por aquellas gentes que, aprovechando lo escarpado del terreno, lo usaron como arma para defenderse de las incursiones musulmanas.

Tanto para el posicionamiento de fuertes defensivos en sus sierras, como para la de puestos fronterizos. Lo angosto de los valles que abrían los obligados pasos desde Galicia a la meseta, hicieron de estos enclaves los lugares idoneos para el control del tráfico de mercancías. Cabe decir que, años atras, durante la primera mitad del siglo  XX, el buen conocimiento de los lugareños de la orografia de las montañas tentó a que, algunos de ellos, se dedicasen a lo que se llamaba el estraperlo. Aquellos que se arriesgaron, compraban las reses a un bajo coste en los pueblos de la montaña lucense para, llevandolas a traves de los desfiladeros de las montañas, poder revenderlas en castilla a un precio muy por encima de lo que eran pagadas en Galicia.

Muchos fueron los castillos y torres que se levantaron a lo largo de las crestas que coronaban los valles de esta comarca. Aunque, parte de estas fortalezas hoy no pertenecen a lo que es Galicia, la de Sarracín, que custodia el valle del Valcarcel, es una de las más impresionantes. Castillos como el Torés, Doncos, Navia, Balboa, Sarracín o Doiras, presentes hoy y aquellos de los que apenas queda su sello en la toponimia de los lugares que ocuparon, custodiaron las entradas de un antiguo reino y hoy son los testigos mudos de nuestra historia.

Ancares es mágico

En un rincón al este de Galicia, se encuentra la sierra de Ancares. Entre altivas montañas y profundos valles descansan, en un milenario sueño, las leyendas y las tradiciones de los pueblos que en ellas vivieron a lo largo del tiempo.

Mouros y gigantes, castros y castillos, fuentes y ríos, montañas y valles y, en su conjunto, aquellos parajes en donde las gentes, a largo de los siglos, lucharon, trabajaron, rieron y lloraron, dando sus vidas para dejarnos un legado cultural que, ante una imparable globalización queda, a cada paso un poco más en el olvido

El gigante dormido, descansa bajo los cielos de Galicia

Galicia, tierra de meigas y trasnos. Galicia siempre mágica desde sus costas, hasta las montañas en donde, próximas sus cumbres a tocar el cielo, duermen sus dioses. Con el deseo de que, la memoria del tiempo, no los olvide. Con la intención de que, las gentes que se alleguen a estas tierras, encuentren en cada rincón una poca de la magia que esconde su belleza, surge esta humilde iniciativa. Bienvenidos a las mágicas montañas de Galicia, bienvenidos a Ancares Máxico